Las miras y quedas atrapadas en sus ojos. Allí puedes leer sensaciones y emociones, puedes imaginarte pensamientos, situaciones y, entonces, te sientes como si te fueran familiar. Te sientes como si hubieses conocido desde siempre a esas personas que Sandra Eleta inmortaliza con su lente y le son significativas, porque en algunos episodios del libro de su interesante vida jugaron un papel importante y no podían, por ende, pasar de largo.
A nadie le serán indiferentes. Tienes que detenerte a mirar en el lago profundo de sus ojos, espejo donde nada todo un mar de sentimientos.
¡Qué manera tan original, la suya, de proclamar el respeto, la lealtad, la amistad, la tolerancia y el amor como valores universales imperecederos, fundamentales!
Filio, Pajita, Putulungo el pulpero, Ventura, Palanca, Alma, Tentico, Luz, El cangrejero, Kia, Víctor, Ana, Carmen, Andrea, Romy, Dora, Paula, Edita, Josefa, Dulce, Catalina, Blazina, Mila, Fulvia, Purita, Gladys, Rosa, Clementina Rodríguez, América, Emérita González, Eduardo, Guillermo Gómez, Pajarito, Ologwgadi, Bursobi...todas esas personas que aparecen en las fotos de su retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo, MAC, son especiales para Sandra Eleta.
En ese matrimonio suyo con la fotografía, que data de hace cuatro décadas, en escenarios tan disímiles como Panamá (ya sea la histórica comunidad de Portobelo o el Panamá rural), España y Cuba, esos rostros dicen tanto con su mirada fija, con su lenguaje gestual y el entorno donde fue tomada la foto: hablan de situaciones cotidianas, de tradiciones, de creencias, de lucha por la sobrevivencia, de intimidad, del amor, de experiencia acumulada, de sabiduría (en cada surco, en cada hebra plateada del cabello de los adultos mayores) de ilusiones, de sueños, de mundos exteriores e interiores...
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