"La vida es un sueño" y pasa tan rápido que casi no la sentimos ni nos damos cuenta. En nuestro afán por lograr metas que conlleva a una superación personal y profesional, muchas veces no sabemos aprovechar las oportunidades que dios y la vida nos dan para poder disfrutar del papel más noble y sublime sobre la tierra: el ser verdaderos padres o madres.
Esta condición, nos eleva, pero a la vez nos llena de responsabilidades y retos que cada día se nos presenta con mayores exigencias, por lo que hay que alcanzar un balance y establecer prioridades entre éstos y las oportunidades de autorrealización personal y el cumplimiento de los deberes que conlleva el ser verdaderos padres y madres.
Cuántas veces nos sentimos orgullosos al alcanzar el éxito profesional y la solvencia y estabilidad económica, pero en muchas ocasiones esto determina que no disfrutemos de nuestros hijos o de compartir de la insuperable vida en familia. Al convertirnos en adictos a un vicio que puede ser: el licor, el juego de azar, el sexo o el trabajo entre otros, generalmente descuidamos la satisfacción de necesidades reales y apremiantes de aquellos seres que conforman nuestra familia y que deben ser el punto angular hacia el que se dirijan todas nuestras acciones, intereses y motivaciones.
Lamentablemente, muchas veces proyectamos o ponemos en boca de ellos, nuestras propias inquietudes, necesidades, aspiraciones y metas, por lo que surgen conflictos intrafamiliares y frustración personal al no atenderse a las necesidades reales de quienes integran la familia. Es así como desatendemos o desvalorizamos los requerimientos de nuestra pareja o hijos por permanecer con alguna de nuestras adicciones, sin considerar que tal vez era esa la última oportunidad que teníamos para compartir una experiencia única e inolvidable con quienes en ese momento nos requerían y es que la vida pasa rápida, no tiene retornos, nuestros hijos crecen, se hacen más independientes y requieren menos cada día de nosotros, a una velocidad de la que pareciéramos no darnos cuenta.
Desafortunadamente, casi siempre es ya demasiado tarde cuando miramos hacia atrás y nos percatamos con tristeza y melancolía que ya no hay niños ni adolescentes que atender, ni muchos momentos que compartir con quienes enseñamos con nuestro distanciamiento y apatía a requerir cada día que pasaba, menos de nosotros.
¿Y para qué tanto esfuerzo y horas destinadas a incrementar cuentas bancarias, inversiones, créditos académicos o reconocimientos profesionales? Las sonrisas de nuestros hijos pequeños, ingenuos y frágiles, sus primeros pasos inseguros y vacilantes, su incremento en estatura y sabiduría, la caída de su primer diente, sus primeras experiencias escolares y sociales, sus temores, inquietudes, ansiedades, su inmadurez emocional y afectiva, sus dudas al despertar sexual, sus preferencias educacionales y profesionales así como muchas otras cosas, son aspecto de nuestros hijos que valen la pena anteponer ante todo y a cualquier costo para poder decir si Dios nos lo permite, cuando los veamos frente a nosotros como adultos, gracias hijo (a) por haberme permitido el privilegio de ser tu padre/madre y haber compartido contigo todas esas experiencias que hoy te llevan a ser un verdadero hombre o mujer de bien, porque siempre fuimos partícipes de tus éxitos y fracasos, de tus triunfos y alegrías y ahora sentimos la gran satisfacción de haber sido un verdadero modelo para ti, haberte orientado, guiado, reído y llorado contigo, brindándote apoyo en tus momentos difíciles y de duda, haber sido tu más fiel amigo y confidente.
Ahora podemos decir con tranquilidad ante Dios y ante ti, hemos cumplido nuestro papel, tal vez no dejemos fortuna que despilfarrar, pero tendrás el goce y el privilegio de poder evocar con alegría y emoción todos esos momentos maravillosos que nos vistes pasar en vela durante tus enfermedades, compartir y vivir esos partidos o eventos en los que participaste o disfrutaste como espectador, cómo nos esforzábamos por hacerte más fácil el aprendizaje de aquello que te resultaba difícil o no era de tu agrado, cómo te calmábamos cuando nos exponías las injusticias a las que considerabas, eras objeto por parte de tus maestros o amigos, por la felicidad que veías en nosotros, admirándote y sintiéndonos orgullosos de ti, por cómo celebrábamos tus travesuras e ingenuidades, en fin, por todo aquello que pasamos juntos y ya no volverá, porque tú has crecido y madurado, el cielo de tu vida continúa y ya no nos necesitas como tantas veces nos hiciste sentir al requerirnos o llamarnos la atención de una u otra manera.
Pero todo esto, evoquemos con satisfacción y emoción lo mucho que hemos disfrutado a nuestros hijos y agradezcamos a Dios cada instante que nos ha regalado de su existencia.