Atender las necesidades básicas de la población mundial es un reto difícil, pero no imposible de enfrentar, para una humanidad que cuenta con los recursos para ello pero a la cual le hace falta suficiente voluntad y unidad para lograrlo.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, con el lema "un milenio sin hambre", insta a canalizar recursos, esfuerzos y talentos en la obtención de esta obligación mundial y derecho humano.
Señala que no se trata de que queramos o no responder a este desafío. De hecho es un deber en que hay que coparticipar y en que deben ser socios o colaboradores todos los estamentos sociales. La negación de este derecho básico de los seres humanos constituye una afrenta a nuestros congéneres, pone de manifiesto la FAO cuando hace un llamado a esa firme "voluntad colectiva" para subsanar esta anomalía que es el hambre, que enferma y mata a tantos millones de personas de todas las culturas y que es incomprensible entre seres racionales y que han alcanzado niveles otrora inimaginables de avances tecnológicos.
La cifra de los/las habitantes del mundo que padecen hambre es preocupante: 800 millones, no se puede, entonces, dilatar la toma de decisiones al respecto. Y la obligación es de los países grandes, pequeños, pobres, ricos, porque, la disparidad social no se presenta nada más entre una nación y otra, sino dentro de las fronteras de cada país.
No deben caer en saco roto las promesas hechas en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, manifiesta la FAO y menciona otro desafío al que hay que responder como un equipo de seres que saben que comparten un planeta del que no es fácil mudarse y cuyo deterioro les afecta de numerosas maneras. Se trata del gran reto de salvaguardar el ambiente, logrando explotar sabiamente la Tierra y para ello es importante capacitarse y recordar la relación entre animales, seres humanos y naturaleza. Es decir, medir el alcance del uso de plaguicidas, fungicidas y otros químicos que inciden negativamente en la salud humana, de la fauna y de la flora.
El éxodo de los campesinos y las repercusiones para la agricultura, la economía y la calidad de vida de la población deben también ser tomados en cuenta y no alegremente verlos como una tendencia producto de la variada oferta citada que en muchos casos no pasa de ser una mera utopía de bienestar y mejores condiciones de vida. Mucha gente que emigra a la ciudad queda con un sabor amargo en la boca, pero se niega a regresar a la campiña porque allá tampoco hay respuestas.
Ojalá que haya una determinación suficientemente fuerte como para echar a andar una economía participativa y propiciar el progreso colectivo, en una sociedad donde no se discrimine sino que se estimule a todos a dar lo mejor de sí, porque los recursos mundiales alcanzan para todos si se distribuyen bien y nadie sostiene las cargas de los demás.