Si hay un panameño al que los argentinos admiramos es a Roberto Durán. Todos los amantes del buen boxeo nos quedábamos hasta la madrugada esperando sus peleas y disfrutando de su estilo valiente, con la frente siempre alta y las manos de piedra. Por eso lo tenemos en la vitrina de los ídolos donde descansan las imágenes "sagradas" de Evita, Gardel y Maradona.
Apasionados hasta la enfermedad, los argentinos hablamos con devoción de las figuras que hacemos nuestras. Por eso, si le preguntan a cualquier amante del deporte en Buenos Aires a qué panameño conoce, con seguridad les responde: "Durán es Gardel, che". Una manera bien argentina de decir, "es lo máximo, lo mejor, no hay como él".
Otra presencia panameña que siempre guardamos en algún rincón de nuestra casa es la de Rubén Blades. Sus canciones son un clásico de nuestra música regional, capaz de pintar con palabras un Panamá muy parecido a todos los pueblos latinoamericanos. Por eso, cuando escuchamos Patria nos emocionamos igual, como si viviéramos en el corazón de San Miguelito o de El Chorrillo.
Cuando llegamos a Panamá sólo conocíamos de ellos, la mejor carta de presentación de este país. Todo lo demás era un misterio por descubrir.
Pero poco a poco fuimos conociendo a este maravilloso suelo. Comprendimos que era mucho más que lo que nosotros habíamos imaginado. Descubrimos tesoros que lo hacen único. Verdaderos paraísos impregnados del encanto virgen de la naturaleza.
Disfrutamos el sabroso placer de una comida tradicional única que nos ayudó a combatir la dolorosa nostalgia por los exquisitos asados argentinos. El verde profundo de una vegetación siempre presente que aparece a cada paso y el azul intenso de un mar que acompaña de cerca, cautivante y asombroso. La desbordante alegría de un pueblo que sabe divertirse y que lleva en las venas el ritmo contagioso de una música que invita a bailar hasta caer rendidos.
Todo esto mezclado con la admirable humildad y el don de gente de hombres y mujeres que reciben al extranjero como si fuera uno más del barrio, sin preguntarle a qué vino, ni cuándo se va.
Por ello y por mucho más, los argentinos que elegimos Panamá nos sentimos como en casa. Porque si algo le faltaba para cobijarnos por completo, tiene ahora un creciente fervor futbolero que nos remonta a nuestros domingos llenos de goles, plagados de polémicas, de gritos y de camisetas de colores.
A casi dos años de vivir aquí, hemos incorporado tantas cosas en nuestras vidas que nosotros también nos sentimos, respetuosamente, un poco panameños. Tanto, que cada vez que regresamos a la Argentina llevamos una carga tan grande de historias que casi nos convierten en embajadores de un país que quisiéramos mostrar a nuestras familias y amigos, llevándolos a pasear por cada playa, por cada isla y por cada guayacán florecido a la orilla del camino.
Y como regalo de Dios tenemos ahora algo más hermoso para llevarnos, dos encantadores mellizos ciento por ciento panameños que refrescaron nuestras existencias como una brisa que llega del mar por las mañanas para recordarnos lo bella que es la vida y lo importante que es vivirla.
En este Día de la Independencia Argentina que nos encuentra a miles de kilómetros de nuestra Patria, sentimos que pese a la añoranza por nuestra tierra, encontramos un lugar donde sentirnos realizados y felices. Por todo esto y por muchos más, para nosotros, "Panamá es Gardel, che".