El maestro es guía, facilitador, como jardinero en un vergel pronto para detectar las malas hierbas y separar las rosas de las espinas, es como el hortelano, el modelo, líder, amigo, confidente, espejo en que se mira la niñez, mentor...
Sí, todo eso y mucho más. Difícil y privilegiada tarea la que tiene en sus manos: ser protagonista de la formación de ciudadanos/as, seres humanos integralmente desarrollados útiles a sí mismos y a la sociedad local, nacional y global.
Ser agentes de cambio usando el ejemplo, la palabra, la instrucción, el conocimiento, el tacto, la empatía, el afecto, la paciencia, la solidaridad y la sabiduría.
También fungir como observadores y detectores (calibradores) de situaciones y circunstancias a nivel escolar, familiar y comunitario que pudiesen incidir negativa y positivamente en la calidad de la formación del recurso humano cuya tutela se les confía durante el año escolar.
Actuar como intermediarios entre diversos agentes sociales que inciden en la personalidad de cada ser humano que pasa un período importante de su vida en los centros de formación formal es parte también de la gama de responsabilidades del personal docente del país, a quienes deseamos éxitos en tan delicada faena.