El amasijo de acero inoxidable ideado por Höller eleva la adrenalina a los altares del arte. Los visitantes se enfrentan a una caída desde 27 metros de altura a una velocidad de casi 50 kilómetros por hora. Tan vertiginoso es el descenso que resulta obligatorio usar un saco de algodón: si no, los que lleven pantalones finos podrían quemarse el trasero por el rozamiento con el metal. Pero estos peligros no intimidaron a los valientes que ya han probado: como predijo Holler, todos aterrizaron con una sonrisa de oreja a oreja.
Por supuesto, los más ortodoxos han hecho cola para negar que este tipo de instalaciones sean arte. El artista alemán responde que ha hecho enormes esfuerzos para que sus cinco rampas resulten estéticamente armoniosas y funcionen como esculturas de pleno derecho. Pero, añade, lo importante no es eso, sino que los visitantes, tanto los que utilicen los toboganes como los que se limiten a contemplar a los más intrépidos, salgan del museo revitalizados tras disfrutar de una experiencia única. «La gente grita, pero no porque tenga miedo, sino porque al fin se sienten libres". No es la primera vez que Höller crea uno de estos toboganes: hace seis años, por ejemplo, la diseñadora Miuccia Prada le encargó uno para conectar su despacho con la puerta del garaje. Según él, las rampas son "rápidas, ecológicas, divertidas y mucho más seguras que las escaleras o los ascensores", por lo que les ha buscado otras aplicaciones, como su prototipo de villa olímpica para los Juegos de 2012. "Sinceramente, no les veo inconvenientes", aseguró. "Con esta muestra, quiero demostrárselo a la gente, pero si no me hacen caso no volveré a insistir en el tema".
Si el creador alemán quería publicitar su peculiar sistema de transporte, la Sala de Turbinas es el lugar ideal. Desde la inauguración de la Tate Modern en 2000, pocos encargos resultan más apetitosos para los artistas que crear una instalación para este espacio. Entre sus seis predecesores se encuentran nombres ilustres como los de Anish Kapoor, Louise Bourgeois o el español Juan Muñoz, lo que añade más presión a los que deben enfrentarse a un sala de estas proporciones.
Como es habitual, Höller ha recurrido a la comedia surrealista para superar el reto. Ya lo hizo en los 90, cuando saltó a la fama con creaciones como unas gafas que permitían ver el mundo patas arriba y una colección de cómicos artefactos para "asesinar niños", como un columpio situado al borde de la terraza de un rascacielos. Los críticos más tradicionalistas ya han clamado contra su nueva travesura, pero el artista alemán ni se plantea rebajar su iconoclasta sentido del humor. Así, también habló de la posibilidad de crear una rampa con el final suspendido a gran altura, que lance a sus usuarios a una muerte segura con una sonrisa en los labios. "Lo llamaría ‘El tobogán del suicidio’", bromeó el artista.
El arte de los toboganes gigantes
Los visitantes se enfrentan a una caída de 27 metros de altura a una velocidad de casi 50 kph.