El desenlace del programa Cuna de Acordeones fue una crónica de una final anunciada, aunque, hubo un detalle fuera de los pronósticos: que el veragüense Jaime Sanjur, cinco veces sentenciado, eliminase al tableño Heráclides Amaya.
El último encuentro de los tres finalistas se inició con casi media hora de retraso en un Figali Convention Center amplio y frío, si se compara con los toldos donde se grabaron las eliminatorias, y donde el público se ubicaba cerca del escenario.
Tras la eliminación de "Killito", la barra santeña se retiró del lugar y dejó un espacio vacío en el lado izquierdo de la sala, lo que restó emoción al programa.
Para Marcelino Guerra, ganó el favorito del público y del jurado.
El acordeonista y miembro del jurado, reconoció que durante las tres interpretaciones del estudiante de Técnico en Inglés de la Universidad de Panamá, hubo altos y bajos en la aceptación del público.
"Siempre le dijimos a Edisson que se distanciara de Samy, porque nadie puede mantenerse en una carrera imitando a otros, hay que buscar un estilo".
Las dos canciones que José Edisson interpretó de El Patrón de la Cumbia estremecieron hasta los cimientos de este escenario, pocas veces utilizado para este género; sin embargo, cuando el chorrerano tocó el tema de su autoría, el público no le respondió con la misma emotividad.
Nueva estrella.
El ganador de Cuna de Acordeones probará suerte en un terreno que ya conoce desde hace una década: los toldos típicos, y que no pudo conquistar por sus propios medios.
El fenónemo chorrerano tiene similitudes con el fenómeno Samy Sandoval de hace 13 años. Fue la televisión que le dio ese empujón y lo llevó a alcanzar lo que aún ni él mismo ha podido repetir: cerrar la taquilla de un toldo.
Movimientos.
Además de la destreza en las formas de tocar el acordeón, necesarias en las tarimas, a José Edisson le tocará trabajar en la temática y la calidad de las canciones del género típico, aunque no goza de buena salud.
De igual forma, el ganador tendrá la tarea de adaptar su estilo para televisión, de muchos movimientos, carreras y acrobacias, al estilo cancha larga de los toldos, de hasta ocho horas corridas.
Cuando la transmisión cerró, el público subió libremente a la tarima, ahora sin que la policía se lo prohibiese como el programa pasado, a abrazar al "Más cachimbón" de la noche. Uno de los últimos en quedar en la tarima, que ya desarmaban con rapidez los creadores del programa, fue el hijo del ganador, el niño de meses, vestido de rojo, el color de su padre, jugando con los papelillos que aún llovían del cielo.