Frank Fernández regresa al Teatro Nacional hoy, luego de recorrer más de treinta países con su "Concierto N°2 para piano y orquesta en Do menor Op. 18, Moderato, Adagio sostenuto y Allego scherzando de Rachmmaninov".
Para Fernández el piano es más que un instrumento de trabajo, entre él y las teclas se ha trenzado una relación muy estrecha, como la de un confidente, que también sufre sus "tropezones".
El pianista, quien también compone letra para producciones cinematográficas desde su estudio en Cuba, luego de sus dos ensayos con la Orquesta Sinfónica Nacional, con quien compartirá escenario, hace un alto en el camerino adyacente al teatro (no hay nada mejor que el hielo para desinflamar, dice sosteniendo una bolsa de hielo en la mano derecha) para conversar sobre sus éxitos profesionales.
Esta presentación tiene un significado muy especial porque hace treinta años el "pianista más grande de Panamá, Jaime Ingram invitó al maestro cubano. En ese entonces, Ingram compró el piano que esta noche tocará, el también promotor cultural, Fernández.
El trabajo de este pianista, quien se considera un lector de poesía, dice que requiere de una entrega, tanto física como espiritual comparable con la de los deportistas. Esto hace que el entrenamiento diario sea imprescindible.
El egresado del Conservartorio de Tchaikovsky, en Moscú con un grado de Suma Cum Laude, comparte que los ensayos en su trabajo son importantes porque en esos lapsos hay que intentar transmitir al público lo aprendido durante muchos años. "No hay en el mundo dos pianistas que toquen igual una pieza, aunque las notas sean las mismas", señala.
Para él las notas son señales de humo o indicaciones, lo demás lo pone el artista. Sobre este punto, él tiene su teóría, que recomienda a artistas de cualquier género. Primero, tener claro que la composición tiene tres puntos medulares: la emoción, la escritura de la pieza y la grafía de las notas. Pero aquí viene el punto más importante, el intérprete tiene que recorrer en sentido inverso este camino, pero siempre buscando el primer punto: la emoción, que tiene que transmitir al público.
En la agenda de Frank siempre comtempla un lapso para el descanso entre una presentación y otra, esto debido a los cambios de clima y las alturas. "Tengo que viajar tres o cuatro días antes para acostumbrarme al cambio", dice el pianista, quien de Panamá regresará a Cuba para luego viajar a Colombia y de allí a Europa.
El pianista dice ser un "soñador y muy supersticioso, por ello es que cada día espera que se le cumpla un milagro. Pero, paradógicamente, en su trabajo, aparta un poco ese idealismo para "repetir, repetir y repetir las notas hasta que quedar complacido".
Los cinco años que estuvo en Rusia han marcado al pianista, algunos críticos como Elena Dolenko, profesora del Consevatorio de Tchaikovski, dice que la interpretación de Frank es sin límites melódicos y de amplia respiración, que se convierten en culminaciones llenas de energía sobrenatural.
Durante los ensayos, el pianista, que ha recibido la mención de conocedor del alma rusa, compartió con todos los miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional que se acercaban con preguntas y agradecimientos.
"Son maravillosos, y estoy feliz con el trabajo de ellos, sobre todo por la colaboración del maestro Jorge Ledezma Bradley, lo único que me han hecho levantarme muy temprano.
Sobre su compañero, afirmó que "es muy grato trabajar con alguien, tan talentoso como Gael".
Ambos actores organizaron recientemente, en la capital mexicana, una cena para recaudar fondos destinados a dos organizaciones que luchan por los derechos humanos, una de ellas auspiciada por el cantante británico Peter Gabriel.
El poeta del piano
A los cuatro años Frank Fernndez tocó el piano solamente con haberlo escuchado de las clases que dictaba su madre en casa. A los cinco ingresa formalmente como alumno. A los seis ella fallece y tiene que seguir, ahora bajo la gua de otros familiares. En la actualidad, según la crtica, es uno los mejores int'e9rpretes de este en el mundo.