La infancia es un misterio que no estamos cerca de poder sondear, a pesar de todas las tentativas oficiales por comprenderla mejor. Antes de contaminarse por el mundo de los adultos y de dar en él sus verdaderos primeros pasos, un niño constituye un universo enigmático, cuyo fantástico secreto incluso sus propios padres están a mil leguas de sospechar.
Algunos son niños prodigio, superdotados y se tiene la tendencia a creer que éstos constituyen la excepción. Si se hace caso a los tests destinados a medir el cociente intelectual o a las técnicas clásicas para descubrir facultades extrasensoriales en los niños, es poco probable que cambien las cosas. Pero si se aceptan, por el contrario, las tesis de ciertos investigadores de vanguardia, que no tienen nada que ver con la pedagogía tradicional, uno se persuade muy pronto de que todo niño, sea el que fuere, es un fabuloso prodigio desconocido.
"SIN PASADO NI FUTURO"
En él se mueve un mundo que nos es extraño, y del que, sin embargo, nosotros buscamos desesperadamente la llave, sin imaginar que él la posee sin saberlo. Hace una decena de años, el pedagogo norteamericano Desmond Ruppert escribía: "Un niño no tiene pasado, ni futuro, en el sentido que nosotros damos a estos términos. Vive en ese presente, que es el suyo, pero que no es el nuestro, sin poder recurrir a lo que era, pero continuando siéndolo. Lleva en sí recuerdos de un tiempo que los Antiguos denominaban Limbo y que, quizá, no sea, después de todo, más que una especie de temporada en el más allá".
A los psicólogos les gusta ese tipo de fórmulas en que la paradoja sirve para conjurar el temor que sienten para decir las cosas tal y como las han sospechado. De hecho, Desmond Ruppert expresa con muchas circunvalaciones lo que afirman desde hace decenios los grandes esoteristas. A saber, que hasta cierta edad, el niño vive plenamente una especie de reencarnación.
Viene al mundo desde alguna otra parte, donde era otro. Conserva el recuerdo de aquello y su verdadera personalidad está aún muy fuertemente cargada de lo que era antes, en el pasado. Tiene recuerdos precisos de su vida anterior y sin duda de su travesía de la nada. Pero, o bien no está aún en condiciones de expresarlo, o bien no se presta atención a sus palabras balbuceantes, que se consideran como ineptitudes, imaginaciones infantiles desprovistas de coherencia o fabulaciones. Pues bien, en su primer lenguaje inseguro, precisamente antes de que se instaure con el adulto el diálogo que romperá para siempre el cordón umbilical psíquico, cultiva intensamente los recuerdos de su vida anterior.
PRIMER DESPERTAR
La mayoría de los investigadores han constatado que a la edad que en psicología se denomina del "primer despertar", es decir, entre los tres y cuatro años, es cuando se produce la censura. El niño pierde definitivamente el contacto con la entidad que habitaba en él, que era él. Algunos, sin embargo, continúan acordándose.
El gran psicólogo Jung analizó los sueños de una niña y demostró, según su método habitual, que eran remanentes de un viaje más allá de la muerte. El niño recordaba inconscientemente una existencia anterior, y más particularmente el final de esa vida, y describía simbólicamente su muerte. Después contaba su caminar en el desconocido que se abría delante del alma después del último suspiro. Y transcritos por el especialista en sueños, esos recuerdos se parecían asombrosamente a los que el doctor Moody ha reunido en su famoso trabajo postvida.
El psiquiatra norteamericano Ian Stevenson bien conocido, en los círculos parapsicológicos del mundo entero, se ha inclinado sobre los miles de casos que ha hecho pasar por el tamiz de verificaciones sucesivas. A decir verdad, sólo retuvo a una veintena, aunque ello no signifique que considere a los otros como supercherías. Cita, por ejemplo, el caso de un niño libanés, llamado Imad Elawar, nacido en 1958, y cuya familia pertenece a la extraña secta de los Druzes. Apenas supo hablar se puso a contar que había vivido en la ciudad de Khribi (Líbano), en concubinato con una mujer llamada Jamila, y que lo había atropellado un camión.
Stevenson investigó sobre este niño, que entonces contaba ya seis años de edad. Descubrió que en Khribi un cierto Ibrahim había muerto en 1943 en un accidente de camión, y que su amiga se llamaba, efectivamente, Jamila. Todos los detalles concordaban, incluso el nombre de las personas y la descripción de los vecinos.
EL PEQUEÑO IMAD
El parapsicólogo norteamericano condujo al reencarnado a Khribi y lo confrontó a las persona que habría debido conocer normalmente en su existencia anterior. El pequeño Imad Elawar actuó con una precisión que dejó estupefactos a todos. Reconoció a los habitantes de su antiguo vecindario, los llamó por su nombre, se dirigió sin dificultad alguna hacia los lugares que pretendía haber frecuentado corrientemente antaño, y descubrió incluso objetos que había escondido en vida, y a los que jamás se había conseguido poner la mano encima.
Para Stevenson, así como para la mayoría de los científicos de la reencarnación, esos casos asombrosos no constituyen en modo alguno una excepción. Todo niño posee, poco o mucho, una memoria de su tiempo anterior y a veces de la post-vida que ha precedido a su nacimiento. Tal como había demostrado Jung, en los sueños y en las alucinaciones infantiles es donde subsisten bajo formas simbólicas los rastros más evidentes del viaje al más allá. Por lo tanto, cuando un niño pretende "ver cosas" o cuenta sueños que parecen a primera vista desprovistos de todo fundamento, no hay que tomar sus declaraciones a la ligera.
El parapsicólogo norteamericano Ron Dougherty escribe: "Si recopiláramos sistemáticamente todas las visiones infantiles, todos los fantasmas de las primeras edades, todas las reminiscencias extrañas que se tratan demasiado precipitadamente de pueriles, conoceríamos el secreto de la muerte".
¿Qué llevan en sí los hijos nuestros que no saben contar todavía sus recientes itinerarios? Los mayores misterios de nuestra vida, de nuestra muerte y del viaje más allá del tiempo que nos conduce a las puertas del increíble retorno, de la reencarnación, dormitan al fondo de una cuna. Entre él y la tumba, que es otro, sólo hay tinieblas, ignorancia y extravíos síquicos. Deberíamos preguntarnos por fin por qué todos los grandes maestros espirituales han afirmado que, para saber, tendríamos que volver a ser niños.