Por suerte, la sala Gantes no estaba llena de asmáticos, sino en vez de una diversión se habría formado un concierto de pulmones chillones, ante el actor venezolano Eduardo Serrano, escritor y actor de este monólogo.
En un escenario con pocos elementos, el actor aparece ante su podio como un conferenciante que no podrá llevarse a cabo.
Y, no se realizará, no porque sufra un ataque de asma, sino porque los materiales con que se realizan estas presentaciones no cruzaron la aduana. En su lugar, y esta es la médula de la obra, el periodista, ahora conferenciante, hablará para sí mismo de su vida, de cómo llegó a perderlo todo por el solo hecho de querer quitarse el asma de encima.
El asma dentro del pecho del periodista se transforma en un viajero en busca de los destinos más sobresalientes en el área médica. Y, en ese recorrido, el lenguaje del actor es una parodia de los sucesos que se viven en Latinoamérica, sobre todo los hechos políticos que nunca dejan de sorprenderlo. En cada destino, el asma se desprende del protagonista para irse a recorrer las calles, como las de Nueva York, las de Japón, donde también encontrará un espacio para su tranquilidad. El asma también tiene su momento de soledad.
Serrano atrae al público, tanto con el asma como con su dominio del personaje. Esto, a pesar de que tiene que el guión lo obliga a recibir las risas del público.
Por la naturaleza de la obra, el actor requiere de un silencio total, que es acompañado en su mayoría por la penumbra de la sala.
A diferencia de los personajes novelados, Serrano trabaja con movimientos más exagerados y con tonos más altos.