"No sólo el economista sabe qué es el dinero. Pero nunca lo ha podido definir exactamente. El término "dinero" no tiene un contorno definido, es más bien difuso, y su mayor concretización es cuando nos imaginamos monedas o billetes - pero su verdadero significado se escapa a nuestra cabal comprensión". Si en esta cita de la economista británica Quig-gin cambiamos la palabra "dinero" por "trabajo", seguiría conservando plenamente su vigencia.
Porque si bien todos sabemos qué es trabajo, esta categoría central de la vida humana - como lo prueban los diversos intentos de los más disímiles autores en el marco de las más variadas disciplinas científico-sociales - se resiste tenazmente a ser encerrada dentro de una definición clara y precisa, y no se puede operar fácilmente con ella. Esta tesis también tiene validez para la siguiente tentativa de - el doble sentido - definición de trabajo:
El trabajo es la suma de todas las actividades corporales e intelectuales de los seres humanos, destinadas a crear bienes y servicios por los que existe una demanda. Se debiera hablar de trabajo remunerado cuando esa actividad es pagada. En sus orígenes, el trabajo ha sido la lucha del hombre con la naturaleza para conseguir la subsistencia y asegurar su reproducción. Con la evolución económica - está entendida como la formación de una economía de trueque, a su vez sustituida por la economía monetaria, seguida por una creciente división del trabajo y especialización, la unión directa entre los resultados del trabajo y las necesidades indivi-duales fue desapareciendo gradualmente, y por lo menos en nuestro país apenas se conserva este tipo de economía. La estimación social del trabajo, es decir su reputación en la colectividad, ha estado sujeta a fuertes cambios, al igual que aquellas horas diarias a nuestra disposición que no están destinadas ni a la recreación ni a la reproducción.
Particularmente en la Antigüedad se entendía por "trabajo" aquellas actividades inferiores, indignas de un noble o de un ciudadano educado. Los miembros de las clases altas de la antigua Grecia planeaban detalladamente sus actividades comunes, probando sus facultades llevando a buen término empresas bélicas o civiles - esto no era trabajo; el trabajo era cosa de los esclavos o de los pobres, que si bien eran ciudadanos libres debían asegurar su mantención, no pudiendo dedicarse ni al ocio ni al "Negotium", es decir, a aquellas actividades sociales superiores. Bajo la influencia de la doctrina cristiana aumentó el prestigio social del trabajo, ya que según el Génesis, Dios creó la Tierra en seis días de labor. Y la divinidad creó al hombre a su imagen y semejanza, exhortándolo a seguir los pasos del Creador por la senda del trabajo pero también del descanso dominical. Desde ese momento, el trabajo - comprendido como esfuerzo tanto corporal como intelectual - fue considerado como un acto positivo y moral, considerando plena recién una vida llena de trabajo. Y si en la actualidad definimos nuestra sociedad como una sociedad ca-racterizada por el trabajo, es ésta la coronación de una ética protestante del trabajo que desde fines del siglo XV se ha difundido abarcando otras confesiones religiosas.
Según Martín Lutero, el trabajo no sirve solamente para asegurar nuestra supervivencia física, sino al mismo tiempo es la coronación de la moral humana; y Calvino dio otro paso más, manifestando que el trabajo era la meta principal de la vida, llevando al hombre a la "vertitudo salutatis" a la virtud y a la salud. La capacitación del trabajo, el esfuerzo y el éxito social eran según este teólogo "virtudes gratas a Dios". La doctrina de la predestinación de Calvino se convierte en la base de motivación -válida hasta nuestros días- de espíritu capitalista, un espíritu que prefiere claramente la "vita activa" a la "vita contemplativa", glorificando el trabajo como fuente originaria de todos los valores.
Mientras que el "horario de trabajo" hasta los comienzos de los Tiempos Modernos estaba determinado por la salida y por la puesta del sol, la rápida y amplia difusión de la iluminación artificial en el Siglo XVII significó una redefinición del término "horario de trabajo". Es interesante señalar que desde el Medioevo hasta el siglo XVII se trabajaba mucho menos que en el siglo XIX o a comienzos de la presente centuria. La cantidad anual de horas de trabajo en el siglo XVI - sin vacaciones, pero debido a las numerosas festividades eclesiásticas seculares -se elevaba a aproximadamente 2.000, es decir, poco menos que en la actualidad. En comparación, hace 100 años la cantidad anual de horas de trabajo se elevaba a 3.500, incluso a 4.000 horas.
Con respecto al trabajo industrial del siglo XIX se debe constatar que comprendía en seis días a la semana hasta doce horas diarias; alrededor de 1820 de once a catorce horas, y en 1850 de 15 a 16 horas, lo que equivale a un horario de trabajo por semanas de más de 80 horas. Desde principios de siglo se puede comprobar la tendencia contraria: el horario de trabajo disminuye paulatina y constantemente. A comienzos de la República de Weimar se fijó por ley un horario semanal de 48 horas, seguidas por las aproximadamente 38 horas semanales actuales, con seis semanas de vacaciones anuales para todos los empleados y obreros.
En relación al contenido del trabajo se puede constatar un profundo cambio, desde la producción primitiva (agricultura, pesca y minería), pasando por el trabajo industrial hasta -en nuestros días- llegar a la sociedad de servicios; es típico en los estados modernos que la estructura de ocupación consigne más de un 50 por ciento de personas trabajando en el sector de servicios, muchos más que en el campo industrial. Similar es la situación en cuanto a la creación de valor y riqueza. En la República Federal de Alemania todavía no, pero en otros países occidentales comparables el porcentaje del sector terciario en el producto social bruto es mucho mayor que el aporte del sector secundario. Estas dimensiones se presentan un reflejo de las tecnologías decisivas de cada país, de las motivaciones y normas imperantes, así como de las necesidades satisfechas por medio del trabajo.
La dimensión temporal del trabajo se desglosa en un componente cronométrico, es decir su duración, y un componente cronológico, es decir la distribución del volumen de trabajo en el día, la semana, el mes o el año.
El trabajo del futuro, o el futuro del trabajo, es por lo tanto una variable pendiente de esos parámetros. Sin embargo, esta situación no puede ser considerada sin tener en cuenta el desarrollo demográfico en la República Federal de Alemania. Por este motivo, es necesario bosquejar el futuro demográfico de Alemania como escenario de las futuras modificaciones del mundo laboral.
Aumenta el campo de difusión y de innovación de las tecnologías que influyen en la vida laboral y en la privada. Para pronosticar correctamente estos cambios tecnológicos de los contenidos del trabajo, es apropiado hacer una diferencia entre la producción y el trabajo de oficina. Es decir, hay que plantearse la pregunta de có-mo serán la producción y el trabajo de oficina en el futuro. Y para poder evaluar mejor el desarrollo técnico en el sector productivo es conveniente diferenciar en-tre las siguientes tres fases: mecanización, automatización e información.
En el caso de la mecanización, se ha reemplazado el potencial de trabajo humano (generalmente la fuerza física) por "fuentes de energía" externas, apropiadas al trabajo que debe ser realizado. En la segunda fase -la automatización- no se reemplaza sencillamente la fuerza humana por otra fuente energética, sino la misma ejecución del trabajo, es decir, su organización temporal y espacial, como también partes del control, se transfieren a una máquina. El grado de automatización se puede medir determinando cuántas funciones parciales y decisiones son ejecutadas por los trabajadores y cuántas por las máquinas. Si se estudia desde este punto de vista el desarrollo de las técnicas de producción en nuestro siglo, se puede constatar un creciente papel de las máquinas, desde la máquina a vapor, pasando por el desarrollo de motores móviles hasta el empleo de sistemas de producción apoyados por ordenador. Esto ha significado una creciente flexibilidad en relación al cumplimiento de las más distintas tareas laborales.
La causa principal de la creciente flexibilidad de la producción en los últimos años es la aplicación de la microelectrónica en los más disímiles campos, transformándola en una tecnología universal que posibilita el progreso en otras tecnologías, como por ejemplo en las técnicas de tráfico, producción, transporte y almacena-miento de bienes, así como en el campo de la información y comunicación. Además, su aplicación en la esfera de las técnicas de materiales y materias primas es entretanto imprescindible.
La fábrica del futuro estará caracterizada por un empleo todavía más amplio de los ordenadores. "CIM" (computer integrated manufacturing), lo que significa la unión y entrelazamiento de soluciones existentes ya ahora, pero aisladas, conocidas como las técnicas "C". La fábrica del futuro estará caracterizada por la creciente introducción de ordenadores en todos los campos empresariales relacionados con la producción, desde el bosquejo de un producto, pasando por su fabricación hasta sistemas de información interdisciplinarios. La creciente mecanización, automatización e información tiene ambivalentes efectos para la persona que trabaja: por una parte, en el caso de determinados trabajos significan una devaluación de contenidos de trabajo, mientras que al mismo tiempo comprenden una nueva valoración de otras actividades, por medio de "job enlargement" y "job enrichment".