Si sólo comiéramos cuando tenemos hambre verdadera, probablemente no habría problemas de obesidad.
Algunas personas adelgazan y otras engordan cuando hay situaciones difíciles o estrés.
Calmar el hambre no ha sido nunca el único papel de los alimentos. Comemos no solamente para saciar nuestro estómago, sino también para responder a nuestras emociones.
Los problemas se producen cuando los hábitos alimentarios inducidos por las emociones ocupan un papel esencial, en detrimento de una alimentación sana y equilibrada y nos llevan al sobrepeso.
Abstenerse de ingerir alimentos cuando no se tiene apetito.
A lo largo de una semana, realizar una lista en la que se anoten todos los alimentos que se ingieren fuera de las horas de las comidas pautadas, así como a qué tipo de emociones están ligados.
Buscar medios alternativos que le reconforten sin tener la necesidad de recurrir a la alimentación.