Dos palabras que pueden cambiar tu vida para siempre: “Sí, acepto”.
Cuántas parejas las pronuncian ante un notario o un sacerdote, sin percatarse del alcance de ellas.
Después, lamentablemente, es cada vez más común escuchar las quejas, ver a uno u otra llorar desconsoladamente o sencillamente ser testigos de enfrentamientos en una corte, por la custodia de los hijos.
¿Quién se iba a imaginar que él y ella, los que se juraron amarse para siempre, los que no podían vivir sin el otro, los que juraban y perjuraban que eran capaces de hacer cualquier sacrificio por complacer y hacer feliz a su pareja, los que creían que habían encontrado a su media naranja, aquellos a los que estar separados un segundo era como vivir en un calvario, iban a estar enfrentándose como en un campo de batalla, en que, para vencer al enemigo toda estrategia es válida?
Es que, los tiempos de “contigo pan y cebolla”, son cosa del pasado.
Hay que entender que somos personas distintas y que por más atracción física que haya, no basta. Tiene que haber amor. Y, amor es sinónimo de respeto, empatía, entrega, valoración del otro, capacidad para compartir, disposición para escuchar a la pareja y respetar su opinión.
También, el amor conlleva un auténtico deseo de bienestar y crecimiento en pareja.
En el amor no caben los celos, la inseguridad, el egoísmo, la infidelidad, el apego extremo, la competencia desleal.
Amor es sinónimo de colaboración, de admiración, aceptación del otro, con sus virtudes y sus defectos.
Es un interés genuino en ayudarle a que logre la autorrealización y a ir de la mano, con proyectos y metas comunes, pero sin perder su individualidad.