Variedades

Es imposible ignorar al otro

¿Somos quienes somos? Desde afuera o desde adentro, ¿cómo es mejor vernos o quizás que nos vean?


No eres quien crees que eres. Eres como te ve el otro, quien es en cierta forma tu verdugo. Él es también el que hace que existas, porque sin el otro no eres.

Él te obliga a descubrirte, en el sentido de navegar dentro de ti, de enfrentarte a tus monstruos. Te los restriega o te hace que los arrojes fuera cuando te sientes acorralado por su mirada inquisidora o sus palabras que son como certeros dardos a tu conciencia o flechas a tu corazón, que tiene que quitarse las máscaras.

Acosados por su ayer, sus errores, sus temores...incomprendidos, solitarios, llenos de vacíos, así desnudados por la verdad que no se le puede esconder al otro, que sabe quién eres y cuál es tu Talón de Aquiles. Así se hallaban en Huis Clos (A puerta cerrada), obra existencialista del filósofo y dramatugo francés Jean Paul Sartre (1905- 1980) que fue llevada al escenario en días pasados en el Teatro Anita Villalaz estudiantes de la Escuela de Arte Teatral de la Universidad de Panamá, del grupo Rayuela.

 

La obra dura una hora y según nos explicó Javier Romero: "Está abordada a través del absurdo y también tiene ciertos elementos del teatro antropológico de Eugenio Barba Jerzey.

"A puerta cerrada" es la más reciente propuesta del grupo Rayuela.

Rayuela se caracteriza porque es un grupo innovador y hace teatro con dimensión poética.

 

La obra nos lleva a meditar más acerca de lo importante que es que afinemos la capacidad de autodescubrirnos, pero permitiendo que los juicios de los demás incidan en esta forma de vernos, porque al hacerlo sin tomar en cuenta a los demás no somos objetivos y nosotros en cierta forma nos autoengañamos. Después de todo, no somos como creemos que somos. Tendemos a subvalorar o sobrevalorar la realidad.

Sin máscaras, desnudos, así, con nuestras flaquezas, vacíos, miedos, así nos puede ver el otro.

Estar condenados a vivir siendo visto al descubierto por otros que sin serlo vienen a constituirse casi en verdugos, porque al no haber espejos dónde mirarse hay que dejar que esos ojos críticos te digan cómo eres, que te acepten o te rechacen. Que te censuren, que te señalen por dónde cojeas.

 

Sartre lo dijo, el infierno es el otro. No hay parrillas, en la obra había una taza de inodoro por donde ellos, los fallecidos veían a sus deudos y sufrían por lo que estos hacían, decían, sentían o no hacían ni decían ni sentían, si es que ello no encajaba con lo que hubiesen ellos deseado que hiciesen. Pero, ya desde su propio infierno no podían influir en el ser, quehacer, pensar ni sentir de los que los sobrevivieron. Lo que es más, tenían que estar sujetos a lo que sus compañeros del otro lado de la línea de la vida quisieran hacer en el espacio físico y temporal que compartían.

Poco más de dos docenas de espectadores vieron actuar a Javier Romero (Garcín), Jazmín González (Inés), Victoria Mendoza (Estelle) y Alexis Jaramillo (Mayordomo).

Todos se sentían secos, vacíos, sin razón de ser, extenuados, en un laberinto, en una confusión mental y también con los sentimientos cual hilos entrecruzados, acosados por el fantasma del sufrimiento, de la culpa, del hubiera hecho o no hubiera hecho esto y lo otro, en una eterna lucha con sus monstruos internos.


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315631
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América