Muy pronto las personas contemporáneas seremos gentes del siglo pasado y del milenio pasado, aunque la noción de milenio y nuestra identidad milenaria sólo han sido reveladas a la conciencia cuando están a punto de fenecer. Seremos vistas por quienes nazcan en el siglo XXI con la altanería de quienes miran hacia adelante posadas en el horizonte. Tal vez nos conciban como gente anticuada de ideas añejas, como sucedió con quienes, transportadas en la alfombra mágica del progreso y de la renovación, cambiaron del siglo XIX al XX y dijeron decimonónico para calificar a lo inicial ya superado, a lo caduco y atrasado. ¿Pensarán los seres nacidos en el tercer milenio que las personas del siglo XX somos anticuadas? Aconteceres y recorridos definitorios de nuestras vidas se conservarán en archivos, hemerotecas, bibliotecas, videotecas y filmotecas. Nuestros hitos de referencia estarán en los museos y tal vez se construyan sarcófagos internéticos para información inusual. Es probable que presenciemos movimientos culturales de ruptura con lo que nos es propio, y movimientos retro que evocarán lenguajes, principios, certezas y dogmas. Esa particular manera de contar el tiempo, el arte de inventar marcadores como año, lustro, siglo, milenio, hará que en sólo dos años perdamos una parcela de nuestra ubicación temporal identitaria. ¿Qué caracteriza a las mujeres y a los hombres como seres de este de este milenio, y cuáles serán las señas de quienes se sientan diferentes y distantes de quienes muy pronto encarnen al milenio pasado? ¿Qué somos hoy? ¿Qué dejaremos de ser, y qué se mantendrá como en el subsuelo?
En su obra "Año mil, año 2,000. La huella de nuestros miedos", Georges Duby busca la huella de los miedos humanos en las cercanías del año mil, y destaca que los finiseculares de entonces tuvieron miedo a la miseria, al otro, a las epidemias, a la violencia y, desde luego, al más allá. Las marcas que define Duby para el milenio anterior me conducen a afirmar que, diez siglos después, el miedo a la miseria se concreta en la experiencia real y generalizada de la miseria para más de cinco millones de personas vivas. Y me pregunto: ¿Para cuántas más que han muerto a lo largo de estos mil años? El miedo premonitorio anunciaba lo que en el milenio que ahora despedimos se ha convertido en el método de vida predominante en la tierra. Y el milenio que ha pasado de la fe a la razón sumando a las leyes de Dios, las leyes de mercado, inventó maneras de consensar los oprobios y la expropiación universalizada de medios de vida, transfiguró el miedo y materializó la miseria. Las tecnologías sofisticadas han hecho inmensamente flexibles los límites de la miseria entre quienes la padecen y enceguecen a quienes al verla no la miran. Con el mismo éxito han permitido legitimarse a quienes se nutren de lo que arrancan a los desposeídos.
El miedo al otro.. .no se ha desvanecido. El miedo al otro expresa capacidades de recuperación e innovación de viejos miedos que se creían superados. La convivencia, la coterritorialidad y la vastedad del encuentro de gentes diferentes, han sido usadas con habilidad de orfebrería como vestimenta para enfrentar a unos pueblos contra otros y ocultar al lucro y al dominio como fines.... La enajenación contiene al sexismo, al androcentrismo, al patriarcalismo, al etnocentrismo, al racismo, al clasismo, al nacionalismo, al regionalismo y al localismo, entreverados con la misoginia, la homofobia, la lesbofobia, la heterofobia, la xenofobia y todos los sectarismos religiosos, ideológicos y políticos que le son correlativos, así como son los prejuicios que los generan y alimentan. Este miedo al otro es la sombra, dicen voces chamánicas.
El miedo a las epidemias...es el tercero de los enumerados por Duby en el año mil. En el milenio en que la humanidad ha transitado de la magia y la alquimia a la ciencia, el miedo se ha renovado con el brote permanente, inacabable, de pestes, sífilis, paludismos y fiebres de diversa etiología. Endemias y pandemias han desvastado territorios y generaciones, están presentes en la despedida de este siglo. A pesar de tanta ciencia y tanta tecnología, estamos viviendo la universalización de los cánceres y la irrupción del SIDA, enfermedades en las que se deposita el miedo a la muerte como deterioro de la vida, la muerte dolorosa y trágica tras la que se esconde, agazapado, el miedo al cuerpo y a su subjetividad. Cada mal, cada enfermedad es sólo un conducto a la vulnerabilidad y a la condición mortal de mujeres y de hombres. La mayor epidemia del fin de siglo y del milenio no es pensada, vivida ni enfrentada como epidemia, pero es la más abarcadora: es el hambre, anverso y sombra de las voraces adicciones. Hambre, guerra y violencia, tríada de muerte.
En el cuarto miedo milenario señalado por Duby, reconocemos que el miedo a la violencia es cada vez más abarcador, porque hoy llamamos violencia a muchas más cosas que las que así se designaban hace mil años, y porque paso a paso se extiende una convicción contraria a recurrir a ella. Con todo, la violencia se instala en regiones diversas y distantes, en nuestras calles de noche y de día, y está en nuestras casas, se nos presenta en la soledad y sobre todo en la compañía. La violencia proviene de extraños y ajenos y también conocidos y cercanos. Las voces antes silenciadas se han atrevido a nombrar la violencia de género contra las mujeres estimulada y requerida para mantener la dominación. Y poco a poco reconocemos también en las violencias entre los hombres, a la violencia patriarcal.
La crítica a la violencia abarca todo eso y mucho más, incluye la confrontación entre quienes dominan con violencia, quienes se defienden de ella, y quienes nos afanamos por eliminarla. Tras vivencias demoledoras, millones de personas rechazamos la violencia convocada en delirios y acciones opresoras o reivindicativas. Nombrar la violencia deslegitima la guerra, el culto a la destrucción y a la depredación, y ha permitido temerle. Tras el holocausto y la memoria de sobrevivientes de los campos de exterminio, tras las cremaciones tumultuarias y tras el intento racionalizado de destruir la dignidad humana de millones, ya no podemos ignorar a dónde conduce el poder totalitario. Sabemos muy bien lo que es un mundo sin derechos humanos. Más nombramos violencia a las violencias de cada día, y más y más se pretende que la aceptamos como natural. Más nos defendemos de la violencia, y más se la exalta como estímulo y camino irremediable, legítimo y deseable al éxito, al reconocimiento y a la comunión. El miedo a la violencia es todavía escaso y discontinuo: se le teme a unas formas de violencia y se avalan y legitiman otras. Como recurso fundamental de la dominación, la violencia es hoy núcleo definitorio de la existencia frente a los otros, temibles, amenazantes, equívocos. Y también del control de las instituciones, legales y consuetudinarias, sobre los otros que critican, cuestionan, construyen alternativas.
El miedo al más allá... se renueva con su rehabilitación en un duelo con el más acá, con la existencia, con el tiempo y con la muerte. El miedo al más allá alienta las formas de oprobio que permiten convivir con tantos miedos reales e imaginarios. Ha permitido durante todo el milenio, que cada quien confíe a intercesores mágicos la convocatoria a todas las fuerzas, y sustituya su propia trascendencia por la intermediación que manipula a lo desconocido y a todos los misterios, siempre nombrados, siempre ultrapresentados. Todos los miedos y sus placebos encuentran su fuga, su punto de evasión, en el gran miedo: el miedo de género, el miedo que nos impide enfrentar aquí y ahora las muchas enajenaciones que nos separan del otro y de la otra, el miedo que nos narcotiza frente a todo oprobio, el miedo que nos induce a la mansedumbre, la obediencia, la sumisión y el cinismo.
Desde la cultura feminista es posible mirar lo que no clarificó Duby: los miedos nombrados y los visibles son compartidos por hombres y mujeres. El miedo que recorre el milenio patriarcal es el instaurado entre mujeres y hombres. Reúne todos los miedos que Duby definió como universales aunque son experimentados de manera específica y diferente por las mujeres y por los hombres, debido a su dimensión genérica. Me refiero a los siguientes miedos:
El miedo a la miseria de género que se expande por la tierra.
El miedo al otro mujer, experimentado por los hombres y las mujeres patriarcales.
El miedo al otro dominador, que vivimos todas las mujeres y los hombres que han estado sometidos al patriarcado.
El miedo a la violencia de género que pretende educar, enderezar, castigar o contener a las mujeres.
El miedo a las sexualidades, que incluye los miedos a los cuerpos y a las epidemias sexuales.
El miedo al más allá, esgrimido también por los fundamentalistas patriarcales para contener aquí y ahora a las mujeres radicales que reclamamos desde el presente un milenio feminista.
Me detengo en el miedo al otro vivido por los hombres antes otros hombres.
Las masculinidades, culturas contenidas en las identidades de los hombres, se organizan en torno a jerarquías y sujeciones verticales a la ley del padre. Ser hombre para millones de hombres finimilenarios contiene los mismos fundamentos que las masculinidades del año mil; ser hombre en vivencia de masculinidades aprobadas y legítimas significa ser paradigmáticos de lo humano, ejercer poderes sobre otros y pactar con ellos la dominación a todas las mujeres.... y diseminan políticas que justifican la complicidad del dominio. En el dominio de Hildegarda, de Leonor de Aquitania, de Sor Juana Inés de la Cruz, de Mary Wollstonecraft, de Flora Tristán, de Henrieta Stuart Mill, de Alejandra Kollontai, de Simone de Beauvoir y de tantas otras ancestras contemporáneas innumerables, las femineidades se han afianzado como la expropiación del ser de las mujeres lograda mediante todas las expropiaciones posibles. La principal expropiación, la del cuerpo, ha permitido construir sexualidades femeninas y subjetividades en las mujeres, centradas en ser-para otros apropiadas como seres de otros, subordinadas a otros. La historia del milenio es la negación de este hecho, el ocultamiento de la infamia y la creación de todos los mecanismos posibles para que todas las mujeres ausentes de los espacios de poder político y de sus instituciones viesen la sujeción y la inferioridad como su propia naturaleza, el analfabetismo como una inocencia de género, la violencia como mal humor y la culpa como una segunda piel. Quizá lo más significativo del milenio y en particular del siglo que va quedando atrás, es la demostración cifrada por Simone de Beauvoir cuando afirmó que naturaleza no es destino, tesis que es la clave filosófica ineludible si de cambios culturales e históricos se trata. La ruptura de un orden masculino-femenino, de sentido y contenidos patriarcales y mistificado como eterno y natural, marca este fin de milenio. Lo más significativo de la feminidad mítica es el desmontaje del mito. Cada vez más y más mujeres deconstruyen el orden social, simbólico y político a través de su experiencia trastocadora. El feminismo rebasará los límites entre el segundo y tercer milenio como una de las concepciones filosóficas y como una de las prácticas ético-políticas más enriquecedoras y creativas de las eras transcurridas desde el año mil. Es éste el sentido profundo de nuestro anhelo de hacer del tercero, el milenio feminista.