Hace doscientos once años, las masas populares de París se toman la prisión de La Bastilla, símbolo de la opresión monárquica de los reyes franceses. Apasionados por la fiebre revolucionaria, los galos comienzan un proceso de cambios políticos y sociales que transformarían al mundo por siempre.
Mujeres campesinas humildes se lanzan a las calles de la vieja capital francesa, demonstrando su rol de elemento decisivo en las reformas que tanto anhelaban. Ideólogos, políticos, obreros, agricultores y representantes de la burguesía económica apoyan al movimiento revolucionario surgido por aquella reunión del Salón del Juego de la Pelota, en el transcurso de los Estados Generales (o congreso real) de Junio de 1789. Cuando el Clero y la Nobleza no oyeron el clamor de su pueblo, allí acabó la paciencia del populacho.
Entre 1789 y 1799, Francia vivirá una revolución extraordinaria. Se instaura una República, termina la monarquía de Luis XVI, una Asamblea Nacional de diputados franceses asume el papel importante de consolidar los derechos del ciudadano y los hombres.
Por tradición, los franceses muestran un elevado interés por lo público. Durante la Revolución, el auge de las gacetas, de los clubes y de los círculos traduce el despertar de una parte importante de la población ante la política, hasta entonces reservada al círculo restringido del entorno del monarca. La instauración del sufragio universal directo masculino, en 1848, permitió la expresión de las opiniones políticas mediante el voto. Pero es esencialmente bajo la III República (1875-1940) cuando los franceses se forjaron una verdadera conciencia política, en favor del enraizamiento de los partidos, del nacimiento del sindicalismo, gracias al papel creciente de la prensa. Esta ha contribuido a difundir extensamente las ideologías dominantes y las ideas nuevas, y a inscribirlas en las mentalidades permitiendo a los ciudadanos tomar parte en los grandes debates de la época, sobre la separación de la Iglesia y el Estado, por ejemplo, o sobre el Asunto Dreyfus. Las instituciones, los partidos, los medios de comunicación, no son los únicos responsables de la animación de la vida política. Cualquier ciudadano contribuye a ello desde el momento en que adquiere una conciencia política.
En la medianoche del Año Nuevo 2000, París se engalana de fuegos artificiales lanzados desde los Campos Eliseos y la Torre Eiffel. La Ciudad Francesa llega al tercer milenio. Tal como lo cuenta Julio Verne en su saga del viaje al futuro. la moderna capital gala es todo un hito del modernismo.
La puerta de entrada a Francia es una maravilla. El Aeropuerto Charles De Gaulle es la estación aeroportuaria más moderna del mundo. Puente entre Europa y América, es la conexión de pasajeros por excelencia. A una distancia de 20 kilómetros esta el Gran París. Trenes avanzados y ultrarápidos lo transportan hacia la urbe, lleva de monumentos históricos franceses. La Defensa, el Museo de Lourve, el Arco del Triunfo, entro otros sitios, atraen a los visitantes y turistas.
Francia ha cambiado en tres siglos, de una época semifeudal a potencia universal. La Francofonía alberga millones de personas vinculadas al país galo, gracias a la exploción cultural que se diseminó desde 1815, de Europa al resto del mundo.
El mayor país de Europa occidental con 550,000 kilómetros cuadrados (una quinta parte de la superficie de la Unión Europea), dispone de una amplia zona marítima ( su zona económica exclusiva se extiende a 11 millones de km2). Tiene una población multicultural que oscila en los 61 millones de habitantes.
La República francesa comprende la metrópoli (dividida en 22 regiones y 96 departamentos) así como 4 departamentos de ultramar (Guadalupe, Martinica, Guayana, Reunión). A ellos se añade 4 territorios de ultramar (Polinesia francesa, Nueva Caledonia, Wallis y Futuna, las Tierras australes y antárticas francesas) y las colectividades territoriales con estatuto particular (Mayotte y Saint-Pierre-et-Miquelon).