Este Mundial, sin duda, es el que más he vivido y disfrutado, aunque siempre me ha gustado el deporte, mi pasión por el fútbol realmente se incrementó luego de vivir intensamente cada partido de nuestra Roja en esta última fase eliminatoria. Aunque finalmente nos quedamos fuera, definitivamente la sola posibilidad de llegar ya me hizo querer mucho más al deporte.
Lamentablemente no pude ver tantos partidos como hubiese querido, ya que mis deberes y responsabilidades no me lo permitieron, pero pude escuchar la gran mayoría por la radio, aunque honestamente no es lo mismo, ya que no existe nada como la emoción de mirarlos y sentir esa adrenalina cada vez que el balón de tu equipo se acerca a la portería.
Tengo un grupo de amigos, todos varones, que tomaron vacaciones y se organizaron para ir a ver los juegos en las distintas sedes, tanto así que las mujeres les apodamos en broma “los temáticos”.
Dependiendo del país que jugase, así mismo escogían algún restaurante o centro de la misma nacionalidad. Estuvieron en restaurantes argentinos, griegos, brasileños y en bares belgas, alemanes y colombianos, entre otros. Los fines de semana el resto, que no estábamos de vacaciones, nos incluíamos en estos planes y entonces visitábamos estas sedes. En otras ocasiones nos encontramos en casas donde organizamos reuniones también en torno al tema o juego. Obviamente, el ir a estos lugares incluyó degustar bebidas y comidas de cada uno de los países y restaurantes sede. Cervezas, licores, shots y sinfín de platillos que nos hicieron engordar un par de librillas.
Tuve en otra ocasión la invitación para a ver a mi primo hermano tocar con su banda en un hotel de la localidad que también tenía un área muy grande, especialmente habilitada con pantallas gigantes para ir a ver los juegos, durante los intermedios y antes de los partidos ellos amenizaban tocando su música. No había bar o restaurante en ese mes que no estuviese lleno de gran cantidad de personas durante los juegos.
Todas estas situaciones me hicieron darme cuenta de la gran similitud que comparte el fútbol con la comida, ambos tienen un invaluable poder de unir a la gente en torno a momentos felices (bueno, excepto en los casos en que pierde uno de nuestros equipos) no en vano es el deporte de las masas y pasión de multitudes.
Ayer, leyendo sobre la convivencia y todas la obras que dejó el equipo alemán en la comunidad brasileña, en el área donde se hospedaron, me llené de emoción al darme cuenta de que mientras muchos fanáticos dejan que predomine la rivalidad y las malas actitudes simplemente por el hecho de apoyar equipos diferentes, todavía hay personas y jugadores que entienden el verdadero propósito del deporte, mis respetos a esta selección que aunque no era mi favorita demostró que la esencia de las pocas cosas que aún tienen la capacidad de unirnos, como son la comida y el fútbol, deben ser cuidadas y prevalecer por encima de cualquier preferencia personal.