En la actualidad es fácil escuchar a algunos hombres asegurar que son sus cónyuges quienes verdaderamente mandan en sus respectivas casas, otros señalan que la responsabilidad es compartida. Los menos son los que contestan que ellos son quienes toman las decisiones finales.
Rolando Jaén, especialista en psicoterapia de niños, adolescentes y adultos, y experto en consejería familiar, explicó que una de las causas por las que se dice que hoy en día las representantes del sexo femenino son las que mandan, "es porque las mujeres son las que están estudiando".
"Como profesor universitario puedo asegurar que de 20 estudiantes, 15 son mujeres, y pienso que la proporción en estos momentos, está tres por uno en las universidades panameñas", manifestó el psicólogo.
Añadió que, "por ende, si el hombre tiene algún grado de supremacía en las empresas, en unos 10 años la va a perder, porque a medida que la mujer sea la que siga estudiando, y el hombre no se esté capacitando en la misma medida, obviamente que ellas van a ser las que van a ocupar los puestos de dirección en el futuro".
Este especialista es claro al señalar que en la pareja debe existir un equilibrio y la responsabilidad debe ser compartida.
Para él, la pareja seguirá siendo la fuente o la célula del desarrollo de la humanidad. No podemos concebir que la mujer lo haga todo. Ella tiene un papel y una responsabilidad que cumplir, el hombre también; entonces, lo ideal es que los dos manden o compartan este supuesto don de mando", apuntó. Al fin de cuenta mandar no es tan difícil si lo hace junto a su pareja. Con sus dedos de amor el aire enjuga
las mortales heridas de las sombras,
y resucita alcázares y velas,
áncoras y flamencos flotadores. Nuevas quillas de lumbre marinera,
bajeles tibios y dorados fucos,
renacen de las aguas desveladas
en los verdes espejos de al aurora.
irrumpe por los faros destruidos,
y la Isla contempla sin saberlo
el cadáver del cielo entre las olas. V Mediodía en los pétalos del agua
ciega de los jardines plenamares,
cumbre de los velados ruiseñores
que en cárcel de cristal su canto suenan.
mece el vaivén de plata de la siesta,
y polluelos de luz maromas hacen
de rama en rama por las blancas ostras. Un pregón de pescados y lechugas,
ajicillos de amor y calamares,
corre por las cocadas de las piñas
y estremece las uñas del cangrejo. Viva estás la arboleda de las olas
y vivo el mar de gracia de las flores
en esta reposada arquitectura
de tropicales frisos marineros.
la cúpula del pueblo desfallece
de mirar la botella que aprisiona
un cernido bajel de pescadores. El escarpado monte entre goletas
de verde estalactita, se derrumba,
y hojas como tigrillos zumbadores
penden sobre el tamiz de la ensenada. VI
trópicos de alcanfor rompe y desuella,
con un niño vestido de grumete
y agujas como harpones torrenciales En su esquife de nubes y palomas,
plátanos y piñuelas serpentinas,
cubre la mar de nardos y limones
de espermas, serafines y bombillos. Desde el cielo las blancas humedades
su timonel de lino va encrespando,
y palios de aguacero, en dulces ostras
abren los parasoles de la hormiga. Algas de voz bermeja sus maitines
entre sonoras mieles aseguran,
y el acordeón del perro, desentonan
escualos de marfil y piel felina. Medallones de cuarzo los luceros
cuelgan de las corvinas y las ranas,
y airados luciferes vengadores
recortan el ombligo de la luna. Capitana y patrona de las conchas,
tus ojos de morada lumbre erguida,
sueñan de amor por los mojados riscos
con rebaños de azules rompeolas. VII Por el dormido de las caletas
levemente dorado en los ancones,
baja la tarde al fin sus banderines
con salvas de cuarenta caracolas. Un polvo de diamantes masteleros
cubre las torres de la mar salina,
y desfallece el aire en los aljibes
con diminutas alas nazarenas. En el poniente se despluman nubes
palomitas de escarcha y caramelos:
nubes de terracota y pan molido
con sabor a pastel azucarado. Somos de nuevo niños y sirenas
a ver nos llevan dulces tiburones,
langostinos en flor y descendiendo
por espirales gradas submarinas. Peces como suspiros y bucólicos
enamoradas coles asemejan,
mientras la luna añil de los espejos
con luces de cristal despide el día. Tantas cosas de ayer, tantos escombros
de moluscos galantes contra el frío
de chalupas y costas encalladas
con las redes dormidas, marineras! VIII Fuegos prendió la noche de esmeriles
musgos, en el candil ultramarino
de un caracol de nácar que consume
celestes óleos de fulgor mojado. Brincan delfines por las glaucas dunas
y desaferran, crueles, los faroles,
las rocas, las sardinas, las guitarras,
y el deslumbrante toro del vacío. Cómo nos duele el aire en la pregunta
que la garganta esconde y desafina,
con tormentosos hielos encendidos
y pescados de colas en salmuera. Tortugas de aserrín enamorado,
y tritones con remos como lirios
hunden también su voz en las arenas
buscando estrellamares y memorias. Ni aún los marineros son iguales
en esta sobremesa sin claveles,
que resucita rostros flotadores
y barcarolas de rubí dormido. Un lucero de plata, fiel grumete,
de su neptuno mirador divisa,
cristalino tropeles de hipocampos
abordando a estribor el fondeadero. IX Barloventos de conchas, capiteles,
leños entre las jarcias, desprendidos,
y el roce de los náufragos tan suave
como el célico anís de la memoria. ¡Cuántas manos ardiendo en los cantiles
con pulseras de azufre y hielo! ¡Oh cuántos
torsos con el ardor ya moribundo
sobre las deshojadas madreperlas! Por las dársenas llora el astillero
en sótanos de espumas carceleras,
como una mariposa de relámpagos
fría entre ramblas de coral dormido. Te miro y me pregunto donde viene
esta raíz que de la tierra sube,
y el marfil que acalora tu figura
con volanderos pájaros marinos. Espanto de sentirte por la sangre,
huéspeda tutelar en las moradas
remotas que los ojos adivinan
con celestiales órbitas isleñas. En esta soledad, aunque distante
de los iluminados farallones,
el fuego que nos une nos separa
con sus gélidos yodos de berilo. X Bajo un cielo de azules golondrinas
la sombra asciende con sus pies de escamas
y transfigura el monte, centinela,
rondando entre portales de rocío. Ciudad de callejones inclinados:
púdica flor de marineros pétalos.
El pulso de la rada, detenido,
con el aire sin luz no se conforma. Duerme la madreselva y en los parques
el niño del briol muere de frío
con una vela roja entre las manos,
ajada flor de plumas salineras. Por la rampa del sur la lluvia llora
en los fustes del templo, sostenida.
El dulce mar Pacífico la escucha
sin mover una sola verde ceja. Alza la frente Dios y sus argollas
de luceros amargos palidecen
los últimos escollos navegantes
y el surtidor de estelas enfadadas. Distante, una canción, rompe las hojas
del árbol de la noche, ventolina,
y tres mangos de sombra, tres doncellas,
en lecho de espolines se desmayan.