Variedades

Hablemos de Pedro Navaja


Si hay algo que caracteriza al teatro panameño de este tiempo es su intención. En ese camino de búsqueda hay directores que apuntan hacia nuevas puestas en escena. Edwin Cedeño se vale de la fantasía y un viaje interior a mundos imaginarios, mientras que Edgar Soberón pisa tierra, incluso se acerca a la marginilidad como es el caso de Pedro Navaja.
Importa, porque nos presenta con la cara limpia de los actores nuevos, una visión llena de contrastes, en la que la música se centra como un protagonista más, marcando un ritmo caribeño y de nuestro tiempo, es decir, de este espacio vital.
El musical es un género que se remonta al siglo XVI, en el que la música se ajustaba a la forma literaria, los músicos se preocupaban de expresar lo que los textos requerían. Pero esa ópera evoluciona, fusionándose la interpretación y la música, produciendo una ruptura con el público conservador que la aplaudía y dando paso a un género: la zarzuela que logra alcanzar una rápida aceptación. La zarzuela, una opereta fresca, con decorados móviles y con nuevas formas musicales, incursiona también en contenidos políticos, con rigor, seriedad y capacidad de entretener.
En 1937, en el Teatro Nacional, se estrena "La Cucarachita" con música de Gonzalo Brenes y música de Rogelio Sinán, primera obra musical que sería reproducida nuevamente en 1965 y en 1978, siempre con el mismo alto nivel de aceptación de miles de panameños que, aún cuando el texto pertenezca a la colectividad latinoamericana, la recuerdan como una auténtica expresión nacional.
Pedro Navaja, la historia conocida de Rubén Blades, es según los entendidos, uno de esos fenómenos de la música popular, que ha recorrido el mundo, que regresa siempre a las esquinas de los barrios de cualquier país, con el mismo impactante sabor de quienes caminan fuera de la ley.
Pero este Pedro Navaja, tiene otros aportes, se dimensiona en otras latitudes, como señala el mismo director: adquiriendo las influencias de La Ópera de tres centavos de Brecht y Weil así como la adaptación propia de la Ópera del Malandro del brasileño Chico Buarque, hasta llegar a La verdadera historia de Pedro Navaja, que en las manos de Soberón Torchía se transforma, dejando a un lado la apología del machismo que la caracterizaba, "recuperando el protagonismo femenino, recobrando el origen judío del padre de la protagonista y atenuando la exaltación del macho latino."
Un Panamá de 1955, que despierta después del asesinato del Presidente Remón Cantera, marca de inmediato el territorio en el que se desenvolverá el montaje.
Sorprenden las actuaciones, esas ganas por demostrar talento de Priscila Moreno como Raquel, con excelente voz y una juvenil figura. que se mueve entre la ingenuidad y la ambición, utilizando el amor para medir su propia fortaleza.
Con mucha mayor fuerza, Fabián Baeza es un Pedro Navaja que muestra un personaje pagado de sí mismo, irresistible ante las mujeres y que esa percepción lo lleva a la muerte. Baeza también es responsable de la coreografía que alcanza excelentes niveles en la pelea y otros números musicales de la puesta en escena.
Con extraordinaria calidez, con una actuación rica, flexible, armónica y entusiasta, Jeico Castro y Samuel Ibarra, encantan, y enamoran al público, la que ratifican en una entrega a toda prueba, en una cercanía a la emoción cuando interpretan ESE SOY YO, una bellísima canción compuesta por ellos.
Lucía Moreno hace despliegue de su vena histriónica que la sitúan como una de las mejores comediantes de Panamá. Las otras actrices femeninas, Idania Ceville, Jade Vásquez y Leda Ovalle, son significativas para el desarrollo de la obra, pero todavía tienen mucho camino que recorrer en el teatro.
La que ha recorrido todos los caminos con señorial porte es Áurea Horta, dueña de una espectacular figura, llega a Pedro Navaja, mucho más segura, mucho más auténtica, centrada en la particular esencia de un teatro dramático que maneja con soltura, haciéndola superar nuevos retos.
Carlos Serrano, convence y atrae, a pesar de un papel nada edificante que sabe llevar con dignidad asumiendo el teatro con la garra necesaria.
El que se mete la interpretación en un bolsillo, es sin lugar a dudas, Félix Gómez, quien confirma su condición de uno de los mejores actores panameños, por su versatilidad, su extraordinaria voz y un desplazamiento por el escenario para situarlo como dueño y señor.
Vale mencionar aquí la escenografía de Emilio Torres, funcional y certera que ambientan sin excederse, y de igual forma, el diseño de luces, que en la escena final cumple su cometido, con muy altos niveles. El diseño del vestuario es de Nyra Soberón Torchía, actriz y pintora, quien conjuga esas dos características para entender las necesidades de cada personaje, trasmitiéndoles con exactitud el hálito que acreciente su vitalidad. Trascendente también la asistencia como director de José Angel Canto, quien viene a representar un relevo generacional con altas calificaciones, en la difícil tarea que significa una puesta en escena como la de Pedro Navaja.
Edgar rescata nuevamente la panameñidad, la identidad de un país que cobra en su teatro la dimensión de sus verdaderos intereses, de su sabor tropical, de sus flaquezas pero también de sus esperanzas.
La autora es dramaturga y poetisa.


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100652
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América