El escritor estadounidense Ernest Hemingway, laureado con el Nobel de Literatura y quien nació hace exactamente 100 aûos, el 21 de julio de 1989, es recordado como un gran novelista, y nunca como el excelente periodista que fue.
Al inicio de su carrera, cuando tenía apenas 17 aûos y había decidido no entrar a la universidad "para no perder el tiempo", trabajó como reportero de guardia en periódicos de Kansas City, Chicago y Toronto. Y después de andar por algunas redacciones, aprendiendo el oficio, se enroló como chofer voluntario de las ambulancias de la Cruz Roja Internacional en Italia, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Hemingway, uno de los novelistas más recios y perdurables del siglo XX (premio Nobel de Literatura en 1954), fue un destacado periodista que escribió al principio de su carera en el Star Weekly, el Daily Star el Toronto Star y la Transatlantic Review, entre otras publicaciones. Después, ya famoso, lo contrató la revista Esquire y fue corresponsal en Europa para la agencia de noticias North American Newspaper Alliance (NANA) y mandó, día tras día, con la disciplina propia de los buenos reporteros, infinidad de despachos sobre la Guerra Civil espaûola.
Escribió también para las revistas estadounideneses Ken y Vogue. Durante la Segunda Guerra Mundial lo hizo para Colliers y el periódico neoyorquino PM. Después escribió para las revistas Holiday, True y Look, y un poco antes de morir (en 1961), para la revista Life. Su narrativa (periodística y literaria) era concisa, dura y realista. Hemingway fue una esponja que supo absorber lugares, gente y ambientes, y muchos de sus despachos periodísticos enviados desde La Habana, París, Pekín (hoy Beijing), Roma, Madrid, Berlín o Ankara los usó después en cuentos y novelas.
Muchos novelistas contemporáneos han sido también reporteros (Graham Greene y Gabriel García Márquez, por ejemplo, y para mencionar sólo a dos); pero ninguno utilizó tanto sus artículos y reportajes para crear obras de ficción como lo hizo Hemingway.
Hemingway fue un periodista serio y profesional y cada uno de los eventos que le tocó cubrir lo trató con sobriedad y elegancia Y con mucha fuerza. Lo apasionaba la técnica. De adolescente, cuando su padre lo enseûó a cazar y a pescar, se fijó siempre en los aspectos técnicos. Al aprender a disparar una escopeta no se preocupó nunca por dar en el blanco, sino en conquistar la técnica del disparo. Revisaba el compás de las piernas, que el peso del cuerpo estuviera apoyado en la pierna delantera, que la culata cayera en la parte interna del hombro y que la mano apretara, toda, la parte media del arma al hacer fuego.
LOS PUÑETAZOS DE HEMINGWAY
Cuando aprendió a boxear puso especial empeño en mandar los rectos de izquierda como lo hacía Jack Dempsey. Aparentemente lo logró. El gran poeta estadounidense Ezra Pound cuenta que cuando conoció a Hemingway en París, éste le propuso enseñarle a boxear a cambio de que él revisara sus primeros cuentos.
Y confiesa Pound que las izquierdas de aquel periodista joven que quería también ser escritor, eran devastadoras. Así que cada maûana, al llegar a su mesa de trabajo para escribir sus despachos de prensa, se prometía hacerlo mejor que los demás corresponsales extranjeros que andaban por Europa.
Y durante interminables noches, cuando su época joven de París, se sentó a estudiar las primeras planas de los periódicos para aprender a escribir las notas y los despachos internacionales que conquistaban las ocho columnas.
Mientras sus colegas periodistas se iban a emborrachar, tras haber cumplido con sus obligaciones, Hemigway prefería trabajar un poco más todavía y estudiar -o inventar-, una técnica para mejorar sus textos. Hemingway fue un aventurero romántico que en 1936 se fue a Espaûa a pelear del lado de la República. Y aprovechó y envió muchos y muy buenos reportajes sobre esa guerra (luego escribiría apoyado en esa experiencia su famosa novela Por quién doblan las campanas). Papá Hemingway, como le decían de cariño sus amigos, escribió historias de guerra porque vivió la guerra. Decía que la experiencia era una herramienta muy importante para el escritor.
Era muy observador y trabajaba mucho su prosa, pero en lo que apoyaba su ficción y sus notas periodísticas era en la experiencia directa. Hemingway luchó siempre por ser un ganador y aborrecía perder. Decía que el mejor adiestramiento para un perdedor era la práctica. Por eso aborrecía perder. Fue en lo único en lo que no quiso nunca entrenarse: en saber perder.
Hemingway, desde el inicio de su carrera, estuvo muy preocupado con su oficio. Se propuso desde el principio lograr una prosa resistente y duradera. Se aplicó a dominar las más elementales técnicas narrativas. LA DISCIPLINA NECESARIA PARA TRIUNFAR
De joven, en París, leía con voracidad y escribía con una disciplina que para muchos de sus amigos era demasiado severa. Al recordar sus tiempos de Pars, Hemingway escribió, ya en la madurez de su vida: "Estaba tratando de escribir todo ese tiempo. Y me di cuenta que la mayor dificultad al describir un hecho (además de llegar a saber qué era lo que realmente había sentido, en vez de lo que se suponía que uno sintiera), era notar lo que realmente había sucedido en la acción. Qué era lo que realmente me había producido ese sentimiento, esa emoción que había sentido... Estaba tratando de escribir comenzando con las cosas más simples". Hemingway logró una visión del mundo tan amplia que tuvo que condensar la forma y pronto se convirtió en el maestro de un nuevo, duro y peculiar estilo. Fue en el periodismo donde Hemingway aprendió a "pelar" sus frases hasta el hueso. A no desperdiciar palabras y a quitar adjetivos innecesarios. Hemingway aprendió a escribir frases limpias y precisas. Pero su estilo no fue algo espontáneo. Fue el resultado de muchos años de periodismo, del refinamiento logrado a través de la lectura de los más grandes narradores de la literatura universal, del estudio de sus diferentes estilos y la comparación de los mismos.
Y, finalmente, del hecho de escribir. Escribir mucho y luego reescribirlo todo, y reescribir más todavía. Hemingway le daba mucha importancia y valoraba como lo más sagrado de este mundo a cuatro cualidades: la sencillez, la humildad, el coraje sin alardes y la honestidad. Era lo que él llamaba el "código secreto" de los hombres. Los que no son artistas verdaderos y no crean nada, y sólo saben rumiar el trabajo ajeno, decía Hemingway, refiriéndose a algunos críticos e intelectuales de su época, no son capaces de entender este código. Los inmodestos, los soberbios y los engreídos, tampoco.
Muy poco antes de su muerte Hemingway le dio a la Wisdom Foundation de California una serie de observaciones sobre su forma de escribir. Entre otras muchas cosas dijo: "Sufro mucho al trabajar. Reviso y rehago con demasiada frecuencia. Todos y cada uno de mis textos los he trabajado tanto que llegan a brillar por la labor de pulir y cortar. Lo que cualquier otro escritor estaría contento con dejar en bruto, yo lo pulo al ms mínimo detalle.
"Hemingway vivió postrado por la servidumbre de su oficio. Vivió amarrado a su máquina de escribir, sirviendo calladamente y sin reparos a su vocación de escritor.
Hemingway logró, con talento y con mucho -muchísimo- trabajo, una obra literaria y periodística concreta, individual e inolvidable.