Los malestares producto de una dolencia producen irritabilidad. Podemos mencionar entre las causas más comunes: el alcoholismo, reacciones alérgicas, enfermedad de Alzheimer, anemia, alto consumo de cafeína, cólicos, efectos secundarios de medicamentos, menopausia y síndrome premenstrual.
Cuando estamos irritados quienes están a nuestro alrededor son las víctimas inocentes. Somos groseros en nuestras respuestas, hacemos gestos o mala cara y hasta nos podemos tornar agresivos.
Si esta conducta es usual en nuestra vida conviene consultar a un profesional, quien buscará las causas, porque definitivamente no es normal, aceptable o justo para con los demás. Es perfectamente normal sentirnos irritados cuando estamos cansados, frustrados o hambrientos; sin embargo, no es saludable vivir con esta actitud todo el tiempo.
Cuando tenga la leve sensación de que su piel se pone verde y que su comportamiento es tan arisco e irritable como el de “Hulk”, siga estas sugerencias:
Si su mal humor se debe al exceso de estrés o al cansancio, busque métodos que lo relajen: un masaje, un paseo, una siesta o escuchar su música favorita.
La cafeína es una sustancia estimulante que lo puede poner nervioso e irritable. Redúzcala, o, mejor, elimínela.
Haga ejercicio frecuentemente y duerma lo suficiente. Lo primero oxigena el cerebro y le llena de vitalidad y bienestar, mientras que dormir, aclara sus pensamientos y le da paz.
Si su rabia coincide con su período premenstrual, aléjese de aquellas personas que no le son muy simpáticas y evite conversaciones conflictivas que pueden acabar en discusiones.
Piense en los demás, en la manera en que su comportamiento afecta su entorno y hace difícil la convivencia.
Tenga una conversación sincera consigo mismo. Su mente es sabia y le escuchará. Pregúntele qué le pasa, de dónde viene la inconformidad o enojo y por qué no puede ver la parte positiva de las personas y de las situaciones.
Y, si finalmente siente que el asunto se sale de sus manos, no dude en consultar con un profesional. No se siga aislando, ni dañando a quienes están a su alrededor.
Alfonso manifiesta que la empatía es “ponerse en los zapatos de la otra persona” e imaginarse lo que siente y piensa el otro y las razones que lo llevan a actuar de una forma determinada. Asertividad es el “arte de decir las cosas positivas o negativas, buenas o malas sin herir, sin atacar a la otra persona”. Es lo que comúnmente llamamos crítica constructiva, pero va mas allá de una crítica o retroalimentación.
Un ejemplo que citó el experto es que alguien le diga a otro: “No me gusta ese vestido que tienes puesto, se te ve horrible, pareces un gallinazo”.
Un comentario como éste, lo más seguro es que genere una respuesta agresiva. En su lugar Alfonso recomienda esta opción: “¿Sabes algo? Ese vestido es muy bonito, el color negro es muy elegante, sin embargo pienso que por tu tono de piel moreno te iría mejor un color más claro, ¿qué tal un azul claro?”. Sin duda hará sentir al receptor del comentario “estimada/o”.
El psicólogo indica que estas situaciones o problemas de comunicación bien podrían generar en la persona la imagen de “irritable”, “malgeniada” “ogro” o “impertinente”, cuando en realidad lo que hay de por medio es una incapacidad para decir las cosas de manera adecuada.
La irritabilidad también puede deberse a pautas de crianza poco adecuadas, como crecer con modelos paternos “psicorígidos” o inflexibles, que no posibilitan o dan cabida al error y a la equivocación. Todo ello lleva a que la persona interiorice y genere rasgos de personalidad marcados como la irritabilidad.