Variedades

Juan poeta


Después de pasar muchas horas atento a diferentes canales de televisión tan pronto como supe la noticia de la muerte del Papa Juan Pablo II, y ver así muchos segmentos de películas tomadas de sus viajes y de sus encuentros más importantes, y oír numerosas de sus más sabias y profundas palabras, me llamó mucho la atención el hecho de que nadie mencionaba que el Sumo Pontífice era poeta. No se lo oí a ninguno de los comentaristas, ninguno de sus invitados a hablar sobre el Sumo Pontífice lo mencionaba, ni en la televisión española ni en la francesa ni en la alemana ni en la inglesa ni en ninguno de los (quién sabe cuántos) canales estadounidenses que acaparan los servicios de televisión de cable.
Sin embargo, desde que comenzaron a aparecer traducciones de su obra en inglés y en francés antes de su elección al papado, y después con las traducciones en múltiples lenguas, surgió como un poeta de primerísima importancia la figura de Karol Voitila (Karol Wojtila como lo escriben las agencias de noticias que prefieren imitar lo que ven en inglés y no seguir la pronunciación polaca).
No llegaba a comprender ese silencio o ese olvido o esa relegación, según los casos, porque, a mi juicio y por lo que conozco de su obra, poquísimas obras de poesía han aparecido que puedan compararse a una selección de lo mejor del Papa Juan Pablo II, tal vez uno de los diez mejores poetas del mundo entero en la segunda mitad del siglo XX.
Me pareció increíble y me sentí movido a hablar un poco sobre la obra poética perdurable que dejó. Hace varios años, con ocasión de una conferencia que me habían pedido, mencioné el hecho de que el Papa era poeta, y un poeta de gran vuelo, y añadí que había escrito su tesis de teología sobre San Juan de la Cruz, el más elevado y fino de los poetas españoles. Las palabras se fueron en el viento y en los olvidadizos oídos de los asistentes, por lo que ahora he vuelto a "hacer rumia de lo sucedido", como decía Gabriela Mistral.
Existen, sin duda, fuerzas que tienden a ocultar hechos y palabras de carácter espiritual, que tienen la capacidad de hacer que veamos las cosas de otro modo, y que podrían, incluso, modificar la realidad convulsa y mezquina que nos ha tocado vivir, lo que se aplica, por cierto, no sólo a este país, sino también al mundo entero. Talvez haya un indicio en las palabras que pronunció John Fitzgerald Kennedy con ocasión del entierro del poeta estadounidense Robert Frost: "Power corrupts. Poetry cleanses". (El poder corrompe. La poesía limpia).
Tal vez eso explique el silencio sobre la poesía de Karol Voitila, que conocí a través de traducciones y de fragmentos citados en los idiomas que conozco, que habían llegado a mis manos, por fortuna, precisamente cuando estaba escribiendo mis sonetos a la Pasión de Cristo hace ya más de quince años, por lo que mi interés en la lectura de la poesía del Papa se redobló. No obstante, encontré que la sencillez del lenguaje, la variedad de los tropos y de las alegorías, la profundidad de los conceptos, la originalidad de las ideas, la novedad individualísima de la forma de los mejores poemas y la grandeza de su creación eran incomparables, al punto de que ni como influencia ni como punto de partida llegó a servirme entonces para lo que estuve escribiendo y revisando y corrigiendo durante trece años.
Había yo descubierto a Su Santidad como poeta en la edición de las poesías completas de San Juan de la Cruz, en que sirvió de prólogo lo que había escrito él Papa sobre el Santo poeta, pero cuando fui a buscar esa edición ahora me di cuenta de que se había desaparecido de mi biblioteca después de una de esas visitas de amigos que se llevan libros que no devuelven nunca, y cuya identidad nunca podré establecer con certeza. De lo que quedó en mi memoria saco la referencia que hacía el joven seminarista al Santo diciendo que, cuando uno despojaba algo de todos sus accidentes (en el sentido filosófico de la palabra), es decir, ese algo ya desnudo de su estado, de sus cualidades aparentes, de las pasiones propias y del propio ánimo, lo que queda es "sustancia entendida" como indicando que esa "sustancia entendida" era lo que le había quedado de las experiencias místicas que San Juan de la Cruz había tenido, y a lo que seguramente apunta aquel verso insondable suyo que sale como estribillo en uno de la figura más elevada del Siglo de Oro español: un no se qué que queda balbuciendo.
En las últimas horas he hecho un repaso del inolvidable papado de Juan Pablo II, recordando sus palabras en México, en Cuba, en Estados Unidos, en Corea, en Filipinas, recordando el perdón que concedió a Mojamed Ali Agka, autor del peor atentado cometido contra su vida; pensando en su preocupación constante y su infatigable lucha en defensa de los mejores ideales para todos los hombres, sin que importara raza ni religión; releyendo o volviendo a oír sus reiteradas intervenciones contra la injusticia, contra la opresión, contra el noliberalismo de la globalización, contra la violencia y contra la guerra, su constante defensa de los pobres, de los oprimidos, de los marginados. Gracias al programa de la televisión española, me enteré también de la insólita reunión que organizó el Santo Padre en el pueblo cuyo nombre bendijo e hizo imborrable San Francisco de Asís con su insólito y maravilloso ejemplo (tan olvidado en las costumbres y los gustos de nuestros tiempos). En esa reunión, Juan Pablo II había congregado a los jefes de todas las iglesias, de todas las confesiones, incluyendo al Arzobispo de Cantórbery y a otras diferentes confesiones protestantes, al Dalai Lama, al Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Griega, al principal Rabino de Israel, a la figura máxima del Islam, y así sucesivamente, para que todos dijeran, en sus propios idiomas y con sus propios libros sagrados, una oración y un llamado dirigido al mundo entero en pro de la paz.
Después de ese repaso, si alguien me preguntara cuál es el legado del Papa, contestaría que son las enseñanzas más esenciales, más reiteradas y más ecuménicas: que, sin que importen ni las razas ni las religiones ni el origen ni la geografía, el respeto de la dignidad de toda criatura humana, la salvaguarda de la integridad de su persona y la inviolabilidad de su libertad espiritual son la "sustancia entendida" de lo que nos dejó su papado.
Como en español no hay prácticamente nada de su obra poética, a manera de ofrenda fúnebre y como un tributo más entre los cientos de millones que en estos días se le hacen, comparto con el lector uno de los más bellos y profundos poemas, que escribió antes de que lo eligieran Obispo de Roma, cabeza de la Iglesia Católica y Pontífice Soberano de ese pequeñísimo estado que se llama Ciudad del Vaticano. Pocas veces como en esta ocasión es posible preguntar: Ubi est mors victoria tua? (Muerte, ¿dónde está tu victoria?).
A continuación, el texto de dicho poema, intitulado Cántico del Dios escondido, con un subtítulo que dice Riberas del silencio, en una versión mía en español (a.m.g.D), que hice valiéndome de diferentes textos de traducciones y fragmentos que he podido encontrar, porque el poema fue escrito en polaco, y de polaco no sé nada.
Riberas del silencio
I
Las riberas distantes del silencio
comienzan en la puerta. No es posible volar hasta allá como podrían las aves.
Hay que detenerse, mirar más a fondo, más a fondo aún hasta cuando nada
desvíe el alma de la más honda hondura.
Ningún verdor ahora
podrá dejar tus ojos satisfechos: los ojos ya cautivos no habrán de retornar,
y creíste que la vida iba ocultarte esa otra Vida que está suspendida en lo alto, sobre lo más profundo.
Deberás saber que no hay retorno
de este fluir, de este abrazo dentro de la misteriosa
belleza de la eternidad.
Únicamente soportar, tan sólo soportar, no interrumpir el vuelo de las sombras, únicamente soportar
clara y sencillamente, más y más todavía.
Entretanto, siempre te haces a un lado
para que pase Alguien que viene desde lo más lejano, y cierra la puerta de tu pequeña habitación.
Con cada paso, su llegada
va haciéndose más suave,
y con ese silencio atina
a dar en el blanco de las profundidades.
II
Él es tu Amigo. Tu memoria
sigue serpeando siempre
hacia aquel amanecer invernal.
Durante mucho estuviste creyendo, sintiendo la certidumbre, y todavía
perdura en ti el asombro.
Inclinado sobre la lámpara,
un haz de luz se vuelve un nudo
sobre tu cabeza, y no vuelves
a levantar la mirada. ¿Es que, acaso, está allá o está aquí, o en lo más hondo de los ojos cerrados?
Está allí, allí. Aquí hay tan sólo
un estremecimiento, solamente
palabras recuperadas de la nada.
¡Ah!, pero aún queda una partícula
de ese asombro que habrá de convertirse en la esencia de la eternidad.

Mientras acojas al mar,
a los ondulados
círculos del mar en tus ojos abiertos,
has de sentir que toda hondura
y toda frontera se ahogan en ti.
Pero el pie toca una ola y piensas
que es el mar que vivía
dentro de ti, esparciendo tanta calma alrededor, tanta frescura.


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191631
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América