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La delgada línea roja: un viaje mitológico al siglo XX


Entre el conjunto de películas producidas durante 1998, sin lugar a dudas, ocupa un lugar de primera fila, La delgada línea roja, de Terrence Malik, superproducción protagonizada por actores de la talla de Nick Nolte, Sean Penn, Elías Koteas, Jim Caviezel, John Travolta, George Clooney, John Cusack, Woody Harrelson y Ben Chaplin, entre otros, con originalidad y onírico dramatismo, reproduce las vicisitudes vividas por los integrantes de una compañía del ejército estadounidense durante la batalla de Guadalcanal, en el Pacífico Sur.
Aunque en la historia del cine múltiples veces se ha afrontado la campaña contra el expansionismo militarista japonés Iwo Jima, donde un ayudante (John Wayne) enseño a sus hombres a morir sin tratar de comprender y cantó la alegría de asar a los amarillos con el lanzallamas, y De Aquí a la Eternidad, con Burt Lancaster, Frank Sinatra y Debora Keer, de Fred Zinnemann, que en los cincuenta reconstruyó las circunstancias del ataque a Pearl Harbor por la fuerza aérea japonesa-, en la obra de Malik, tales episodios de la Segunda Guerra Mundial son desarrollados con una perspectiva distinta, aunque no por ello menos realista y brutal.
Para empezar, si bien la película expone los problemas estratégicos y tácticos que enfrenta la compañía Charlie, al mando de oficiales encarnados por Nick Nolte, Elías Koteas y Sean Penn, en un momento dado de la guerra, la misma se centra en el psiquismo de los soldados envueltos en esa carnicería que fue la batalla de Guadalcanal (Islas Salomón). En verdad, nada es más ajeno a esta producción que realizar una apología del heroísmo de las tropas del general Douglas MacArthtur, comandante al que a fines de 1945 le tocara despojar de su hálito divino al emperador Hirohito en la cubierta de un portaaviones, luego del holocausto de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki perpetrado por las bombas atómicas lanzadas desde el bimotor Enola Gay. Es que a Malik lo que le interesa es proyectar la dimensión intimista de estos combatientes, no la épica estereotipada del gran Hollywood. En tal sentido, es excepcional la escena cuando tras la toma de una colina duramente defendida por los soldados de Tojo, el rostro del coronel interpretado por Nick Nolte, sufre un colapso a causa del agotamiento físico y psicológico. De modo inolvidable, sin afeites ni grandilocuencia alguna, se muestra la agónica reacción de un alto oficial, horas antes, desafiado por su inferior jerárquico (Elías Koteas).
Acorde con lo anterior, pese a la ferocidad de su secuencias bélicas, lo que lo equipara a Salvando al soldado Ryan, de Steven Spielberg, el filme de Malik aprovecha este tema para ensayar una reflexión sobre la historia y la cultura universales. Con ojo clínico, sin dar cuartel, arrima al espectador a un terreno minado de paradojas y disyuntivas: el bien o el mal, la civilización o la barbarie, el amor o la vida, la razón o la estupidez. Teniendo como telón de fondo el paisaje bella y poderosamente captado por la fotografía de la película Guadalcanal y el bosque tropical Daintree en Queensland en Australia-, ese polémico director contrasta a los civilizados nipoamericanos con los salvajes estacionados en estos parajes del Pacífico Sur. Pinta cómo estos pueblos que alguna vez alguien considerara "al margen de la historia", son capaces de vivir sin conflictos y en perfecta armonía con su entorno natural. Frente a ellos, los presuntamente modernos aparecen evidenciando una catadura bárbara, antropófaga, a duras penas digna del paleolítico.
El panteísmo del filme, ética y estéticamente hermanado con la sensibilidad expresiva de Werner Herzog, el brillante realizador alemán que nos regalara: Lope de Aguirre: la ira de Dios, Fitzcarraldo y El grito de piedra, exhuma lo gutural y primitivo que hay en el subsuelo de la cotidianidad del siglo veinte. Es más, con horror, periscópicamente, nos habla de los encarnizados conflictos de Kosovo o Vietnam.
A la par, en consonancia con el anterior alegato, Malik examina la dañosa relación de la guerra con la naturaleza y llega a la conclusión de que, suicidamente, al destruir el hábitat, el ser humano está proscribiendo las posibilidades de su supervivencia sobre el planeta. Sin apuros, durante tres horas, el filme documenta ese deterioro. El que, además, nos recuerda la contaminación y degradación de tierras panameñas producidas por el Comando Sur, lesión ecológica que Estados Unidos se niega a resarcir con un apropiado saneamiento ambiental de las áreas afectadas.
Finalmente, es vital destacar dos hechos. Primero, que al modo que lo hacen Pelotón, de Oliver Stone, y Full Metal Jacket (Nacido para matar), de Stanley Kubrick (fallecido el domingo 7 de marzo de este año) ambas historias inspiradas en la guerra de alaridos, heces, miedo, sangre y pus, mas lo hace con múltiples puntos de vista o narradores, los que interconectados, como un coro polifónico, proyectan la angustia existencial de esos prisioneros de jerarquizados órdenes castrenses. Contribuyen a testimoniar esta épica intimista, los cuadros de psicopatología de guerra, los que se revelan en reacciones de rigidez, temeridad y de franca psicosis de guerra.
Y, segundo, que junto a sus tantos méritos con justicia reconocidos por la Academia de Artes e Industrias Cinematográficas de Hollywood juega un rol imponderable de la música del filme, la que, solidariamente, le confiere a las estructuras y formas de la película su dantesta estética de fresco cinematográfico.
En fin, al margen de lo que se decida en la noche de entrega de los Oscares, Malik ha entregado a la parte final del siglo veinte una producción no sólo edificante, sino imperecedera en términos artísticos. A no dudarlo, será un producto estético útil para la vida y la posteridad del género humano.


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59908
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América