El mes de marzo se nos presentó como una extraña amalgama de tonos ocres, verdes y amarillos; portador de lluvias súbitas y tempestuosas, así como de una luz deslumbrante y apacible. Con él, numerosos párvulos, escuelas, colegios, institutos, universidades y demás centros de enseñanza y aprendizaje iniciaron sus clases.
Si visitó algunos de estos lugares recientemente, se habrá dado cuenta de que las niñas, las adolescentes y las mujeres abarcaron la mayoría de las plazas disponibles en cada aula. Cada año miles de mujeres panameñas se inscriben en academias y centros de enseñanza superior, sin embargo, a pesar de alto porcentaje de mujeres que cursan y culminan sus estudios universitarios, aún son excluidas de este proceso muchas más que por su raza, condición económica, creencias religiosas y estereotipos familiares no pueden aspirar a una educación superior.
En 1997 el Instituto de la Mujer de la Universidad de Panamá, con el apoyo del UNICEF, realizaron una encuesta entre 175 mujeres desempleadas residentes en el Distrito de San Miguelito, en la que se descubrió que el 34.86% de ellas sólo poseía estudios de enseñanza primaria. El 26.29% respondió haber cursado estudios hasta el primer ciclo mientras que el 26.29% logró alcanzar el segundo ciclo. El 11.43% contaba con estudios universitarios y sólo el 1.14% tenía una carrera universitaria.
Según este estudio, la baja escolaridad de una mujer afectaba sus posibilidades de obtener un empleo con una remuneración fija, o de no conseguirlo en absoluto.
En este sentido, el 24.85% de las encuestadas declaró ser ama de casa, el 24.24% respondió que se dedicaba a la buhonería o venta callejera, mientras que el 17.-58% trabajaba como planchadora y el 15.15% como doméstica. Un pequeño porcentaje de estas mujeres se dedicaba a la modistería, la belleza y la mensajería.
Esta realidad nos sirve para confirmar, una vez más, que las niñas y las mujeres aún son valoradas por sus compañeros sentimentales y sus familias en función de su papel en la crianza de los niños y los quehaceres domésticos, labores para las cuales no se considera necesaria la educación. Las razones de esta práctica común son muy diversas y de muy variada índole.
En Panamá, las mujeres suelen casarse muy jóvenes, y tienen hijos poco después, como consecuencia de lo cual abandonan los estudios para no retomarlos nunca más. En las zonas rurales, las obligaciones familiares, tanto agrícolas como domésticas, con frecuencia les impiden asistir a la escuela, aunado al hecho de que más adolescentes contraen matrimonio justo después de completar sus estudios secundarios. A veces son los hombres quienes les prohiben hacerlo, por temor a que las mujeres, al lograr un mayor nivel de educación, puedan poner en tela de juicio su autoridad en la familia o en la sociedad en general.
De igual manera, el sistema escolar tiende a reforzar las ideas negativas respecto de las niñas. En los libros de texto y en los programas de estudio los dos sexos aparecen estereotipados, no hay suficientes maestras y profesoras que representen modelos positivos del papel de la mujer y prevalece la idea de que la educación de las niñas no produce retribución económica inmediata, puesto que el sistema les tiene reservados empleos de baja categoría y remuneración. Los padres temen por la seguridad de sus hijos cuando tienen que recorrer grandes distancias para llegar a la escuela, y los que tienen pocos recursos suelen dar preferencia a la educación de los hijos varones.
Sin embargo, la educación de la mujer y de las niñas beneficia todos, pues la productividad económica de un país tiende a aumentar cuando aumenta la educación de sus niñas, adolescentes y mujeres. Las condiciones sociales mejoran porque las mujeres que han ido a la escuela tienen una mayor esperanza de vida, no se casan tan jóvenes y tienen familias más reducidas, más sanas y con menos casos de mortalidad infantil.
La educación superior, en forma de licenciaturas, postgrados, maestrías y doctorados, abre la perspectiva de salarios más altos y mayores oportunidades de empleo a las mujeres que trabajan. Cuando han estudiado, las mujeres son reconocidas socialmente y participan activamente en las decisiones de la comunidad, adquiriendo un duradero sentido de plena autorrealización.
Las madres que han recibido instrucción tienen una actitud positiva frente a la escuela y aprecian la importancia de la educación de sus hijos. Es más probable que una mujer alfabetizada lleve a su hijo enfermo a una clínica, y menos probable que crea que las enfermedades son provocadas por los espíritus. Cuando las niñas adquieren conocimientos sobre la salud, la nutrición, la seguridad del suministro de agua y el saneamiento, se convierten en mujeres capaces de contribuir al desarrollo sostenible.
Por esas razones, todos y todas debemos reflexionar en la intimidad sobre el verdadero valor de una mujer instruida. Esa jefa y compañera de trabajo, esa hermana distante, madre dedicada o sobrina bulliciosa que ustedes bien conocen, no son meramente un cúmulo de conocimientos científicos y títulos académicos. Cada una es un vibrante instrumento de acción listo para responder a las necesidades de nuestro mundo con alegría, economía, sensatez y sobre todo, respeto por sí misma y los demás. Recuérdenlo la próxima vez que se paseen por los predios de una universidad en una brillante tarde de marzo.