Variedades

La fiesta del plenilunio en Phangan


Las drogas, el alcohol, la música y un entorno paradisíaco convocan cada plenilunio a miles de turistas en la pequeña isla de Phangan, un paraje del sur de Tailandia, para una celebración que no tiene límites.
Phangan no figura en los itinerarios del turismo de masas ni entre los lugares explotados por la industria del sexo, y hasta hace una década era el reducto de los nudistas perseguidos en otros destinos turísticos de Tailandia.
La invitación a la gran orgía que se celebra en Phangan se transmite verbalmente entre la legión de jóvenes extranjeros que, mochila a cuestas, buscan los últimos lugares exóticos de Tailandia.
Unos llegan a esta pequeña isla del golfo de Siam días antes de la fiesta para asegurarse una cabaña de las ofrecidas por las decenas de establecimientos, y el grueso se incorpora el mismo día en las barcazas que parten de la vecina Samui.
Hasta diez mil personas llegan a darse cita las noches de luna llena sobre la blanca arena de la playa Haad Rin, algunos para bailar al son de la música "tecno", otros para revolcarse y la mayoría para dar rienda suelta a sus fantasías.
Muchos de los asistentes al "Full Moon party", la consigna que los reúne, son de edades comprendidas entre los 20 y 35 años y proceden de Europa, América, pero también los hay de Asia y Africa, y casi todos van hundiéndose en la delirante noche a medida que el alcohol y las drogas surten efecto.
Al anochecer, ya varios miles de juerguistas van de una punta a otra de la playa buscando un hueco sobre la arena tomada por grupos que se han sentado en torno a docenas de cervezas y botellas de aguardiente tailandés.
Los rústicos bares montados bajo los cocoteros suben la música al máximo de decibelios y a partir de ahí la playa comienza a llenarse de aturdidos bailarines, ellos en pantalones cortos y muchos con sus cuerpos decorados con pinturas fluorescentes, y ellas en bikini o con el típico "sarong" playero.
A medianoche, la escena parece demencial, la inmensa mayoría danza hipnotizada sobre la arena mientras otros comienzan a caer desmayados a causa de la mezcla de drogas con alcohol.
"Es la mejor fiesta del mundo", dice Collin, ingles de 34 años y desde hace diez dueño de uno de los bares más frecuentados de la playa.
Cuando comienzan a despuntar los ardientes rayos del sol, la masa enfila hacia las cabañas y lugares más tranquilos para terminar de consumir las drogas adquiridas a los traficantes locales, que previamente les susurraron en el oído los bares donde existe amplia oferta.
Los consumidores de drogas desafían el riesgo de largas estadías en los presidios de Tailandia, país donde la tenencia de más de cien gramos de heroína, éxtasis u otros narcóticos puede acarrear una sentencia a cadena perpetua.
En casi cada orgía la policía detiene a un promedio de media decena de extranjeros que en su mayor parte, según dicen en Phangan, eluden la cárcel tras vaciar sus bolsillos ante los "virtuosos" representantes de la ley.
Con el sol abrasando ya y entre miles de botellas vacías, cientos de juerguistas continúan pegados a la arena, desmayados, extenuados o demasiado borrachos para moverse.
En ocasiones, el abuso causa muertes o lleva al internamiento temporal del turista en el sanatorio mental de la provincia de Surat Thani.
Los duros sobrevivientes de la juerga, entre los que se ven varios con los pies vendados por haber pisado cristales rotos, toman las barcazas que a mediodía los devuelven a Samui, a sólo media hora de trayecto.
"¡Vaya noche!", dice un joven francés a su compañero, que no le contesta, demasiado ocupado en contener las náuseas que le produce el vaivén de la barcaza de Phangan.


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52166
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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