Para los que me conocen sería probablemente muy difícil creer que durante mis primeros años de adolescencia fui tímida, y enfatizo en adolescencia porque de niña creo que esa no fue una característica de mi personalidad. Supongo que al crecer un poco, las hormonas femeninas en esa edad tan incómoda en las que comenzamos a experimentar tantos cambios pueden provocarnos esas diferencias. Dentro de mi círculo cercano de amigos probablemente me dirían en este momento, ¿tímida, tú? Y es que claro, frente a ellos y donde me sentía en confianza el asunto era distinto, pero ya fuera de mi zona de confort o en grupos más grandes era donde, por alguna razón, me paralizaba y me costaba hablar o por lo menos no lo hacía con la intensidad o frecuencia que lo hago ahora.
Supongo que parte del tema de la timidez en los primeros años de la adolescencia es que es una etapa en la que somos muy inseguros y siempre estamos pendientes de qué pensarán nuestros amigos y las personas a nuestro alrededor.
Ya una vez fuera de la escuela secundaria, empecé a trabajar casi automáticamente como pasante en una firma de abogados (para los que no saben tengo un título de Derecho, profesión que no ejerzo). Esta experiencia fue la que me hizo dar un giro de 180 grados y vencer esa timidez para siempre, de un momento a otro me convertí en la persona que hablaba con extraños en los elevadores, un cambio sorprendente que recibí gratamente. Ya luego estudiando Cocina en Canadá, este tema de vencer miedos se hizo aún más latente, en mi experiencia de cocina previa a los estudios, siempre tuve una relación de terror con la repostería, por lo que normalmente tendía a rehuirle, pero como ya no era la misma adolescente insegura de años atrás, en vez de esconderme del reto decidí enfrentarlo de frente, tomando incluso la decisión de hacer mi práctica profesional en el Departamento de Pastelería de un prestigioso hotel de la ciudad.
Esta nueva forma de enfrentar las cosas o retos ha marcado la manera en que he tomado todas mis decisiones a lo largo de los años, especialmente en el ámbito profesional, muchos han sido los mentores y jefes que con sus personalidades me han enseñado que no hay que temerles a los retos y ahora cada vez que imagino alguna receta, plato o idea que parezca imposible, ténganlo por seguro que la voy a intentar, solo para probarme que puedo hacerlo. Estoy segura de que muchos a los que les gusta la cocina pueden identificarse conmigo, respecto al temor a la repostería y es que definitivamente requiere de mucha más precisión y exactitud que la cocina salada, lo que en mi opinión la hace al mismo tiempo mucho más retadora y difícil.
Yo me he inclinado del todo por la segunda, más que todo porque es lo que prefiero comer, ya que tengo muy poca tolerancia a los dulces, pero entiendo que hay muchísimas personas que no pueden vivir sin un buen postre (casi sin excepción todos los miembros de mi familia, por ejemplo) y por eso he desarrollado recetas sencillas de hacer que son fáciles de enseñar y que así permiten a los más tímidos ir dando pasitos de bebés para que puedan acercarse con más seguridad a la cocina al momento de preparar postres, y que son a prueba de errores y es que esos ricos postrecitos especialmente hechos de nuestra propia mano pueden endulzar hasta el alma más amarga.