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La importancia del descanso


"¿Qué me pasa que me siento cansado/a?", "Tengo una especie de somnolencia y no sé por qué", "Ya no soy el mismo/a de antes, me agoto rápidamente", "Ese letargo me impide sentirme bien".
Quizás usted ha dicho o escuchado expresiones similares a las del párrafo anterior. No sorprende que así sea, puesto que la maravillosa "máquina" que es el cuerpo humano, necesita combustible (comida) e igualmente períodos de reparación o mantenimiento (que son los de descanso), pero con el tan ajetreado sistema y el ritmo de vida actual, la gente suele olvidarse de parar un momento para recuperar energías, tomar impulso y seguir adelante. Vaya que cuando se está joven se puede (no se debe, sin embargo, abusar porque con el tiempo el organismo pasa la factura) pasar un poquito por alto de vez en cuando esa necesidad de descanso. No siempre. Entiéndase que hay que atender las señales de alarma del cuerpo.
Decíamos, sí, que cuando se es mozalbete o en la temprana juventud, en que sobran las energías, podría postergarse un poco el tomar siestas o descansos entre las distintas actividades diarias (de ninguna manera hablamos de dejar de dormir en las noches) porque después con las horas reglamentarias de sueño puede lograrse un equilibrio. Pero, recalcamos, nada de abusar. Y menos si la sensación de cansancio, tensión o incapacidad para pensar y razonar prevalecen. Entonces, lo recomendable es buscar ayuda de un doctor, quien seguramente le mandará a hacerse una serie de exámenes que le permitan conocer a ciencia cierta a qué se debe este "apagón" o agotamiento.
Ahora bien, si el descanso es una necesidad a toda edad, tanto mayor si la persona pasa de los sesenta años, en que el organismo trabaja más lentamente, pero en que lo que se hacía cuando se tenían diecisiete años exige ahora el doble del esfuerzo, paciencia y tenacidad.
Por eso, señores y señoras de los años dorados, nada de sentirse incómodos si, por ejemplo, están atendiendo una visita o deben dejar a medias una tarea porque su cuerpo les pide descanso. Atiéndanle. Tómense una siesta, que puede ser de pocos minutos y les caerá de perlas. Su cuerpo se los agradecerá enormemente. Esos dolorcitos de cabeza, malestares repentinos, pueden ser indicios de que hay que hacer una pausa en el día a día.
Un lugar tranquilo, una mecedora, tal vez una hamaca o recostarse en un sillón o la cama bastarán para hacerle sentirse mejor y hasta en el ánimo se reflejará esta "renovación" temporal producto del descanso oportuno.
Si es su parecer, puede sintonizar un canal de música clásica, romántica o relajante, de tal suerte que este acompañamiento a una reducción en el ritmo cardíaco producto del descanso le hagan más placentero estos minutos.
Insistimos, hay que convencerse de que hasta en el mundo de la informática, las prisas y las agendas llenas, hay que dejar un espacio para el descanso, si se quiere seguir siendo parte de los seres vivientes. Porque los excesos siempre conducen a resultados lamentables y el sobre uso del organismo no es la excepción a esta regla.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América