Dicen que una murmuración malévola marcha sobre ruedas, y que unos más y otros menos, todos la engrasan un poco mientras rueda. La difamación mengua la conversación entre personas educadas. Quien con toda intención escoge a un adversario débil para deshonrarle, vejarle o satirizarle a beneficio de un grupo reunido, podrá obtener tal vez la satisfacción de unas risotadas momentáneas, pero una vez pasado el incidente, aun los cómplices reconocerán que la conducta fue cruel, insensible y hasta indigna.
Para tener buenos amigos y además conservarlos, no diga nunca de una persona cosas que no se atrevería a decir en su presencia. Y si no puede decir de los demás cosas satisfactorias y agradables, lo mejor que puede hacer es callarse.
Si alguno de los que está con usted murmura de otra persona, no debe secundar su murmuración. Lo correcto en tal caso es salir en defensa del atacado, porque todo aquel que habla mal de otra persona en su ausencia, lo más probable es que también hablará mal de usted cuando se marche. Al escuchar a esa clase de personas, usted se hace cómplice de sus calumnias.
Además, puede herir sensibilidades censurando malas costumbres o vicios que podría poseer alguno de los que escuchan, lo que hará que éste, lógicamente, se dé por aludido y se sienta muy mal, y hasta podría exigirle una rectificación.
Fruto de la murmuración e igualmente negativo y dañino, es el chisme, que consiste en desvirtuar a sabiendas un hecho que se narra para que sea interpretado con malevolencia.
No dañe reputaciones, no hable mal de los demás, no invente cosas que no sabe, no repita lo que oye, si no tiene la seguridad de que es cierto, y si lo es, ¿por qué va a juzgar un hecho que usted no sabe cómo ni por qué se originó?
Respete a los demás como le gustaría que lo hagan con usted, y contribuya así a que tengamos cada vez un mundo más justo y una vida mejor, para beneficio de todos.