El excelente dominio del lenguaje corporal por parte del elenco de actores y actrices colombianos del Teatro Nacional-Teatro Casa del Silencio y los efectos sonoros se complementaron fabulosamente para relatar una historia trágica, en “Woyzeck, un lamento en el silencio”, la noche del martes 23 de marzo en el Teatro Nacional, Casco Antiguo.
Al final, aplausos llovieron. Tantos, que hicieron volver al escenario a Woyzeck, el soldado a quien la culpa acosaría para siempre y a sus compañeros y testigos de su infortunio, así como a quienes interpretaron a las mujeres, cuyos encantos lo trastornaban.
Volvieron al escenario y el público seguía aplaudiendo. Ellos también aplaudían al público. Corrían en fila, en círculo, y el público otra vez les aplaudió. Por varios minutos. Luego hubo un conversatorio.
Woyzeck es vivo ejemplo de que los hombres son en realidad el “sexo débil”. Cuando su corazón y su mente están embolatados, no hay espacio para la razón y casi siempre el resultado es dolor, lamentos tardíos, luto.
Como soldado, Woyzeck estaba acostumbrado a recibir órdenes, a doblegarse, a convertirse en alfombra de sus superiores, a permitirse ser “tonto útil”, avasallado, vejado, objeto de burla.
En el amor le ocurrió otro tanto. Pero, el amor propio herido por el desamor le fue arrinconando y cuando bajó la guardia los celos le jugaron una mala pasada que lo marcaría para siempre.
Entonces, tras ese juego de miradas, caricias, requiebros, rechazos, amenazas... venganza fue la palabra que sonaba en la mente de Woyzeck, le martillaba una y otra vez. Incesantemente. Al punto de que esclavo del lobo que se despierta dentro de él con hambre de sangre, manchó su mano de sangre. De sangre inocente. De sangre de su amada. Pero, en el fondo Woyzeck es inocente, es otra víctima. Víctima de su debilidad mental, los celos son los verdaderos culpables, los asesinos. Que redoblen los tambores para conducirlos al cadalzo y liberar a Woyzeck, que ya está preso en la cárcel de su conciencia, de su falta de lucidez mental.