En la década de los años veinte, Luis González realizó su primer viaje entre David y la Ciudad de Panamá. Adolescente entonces, abordó el único medio de transporte en aquel tiempo para hacer ese recorrido: una lancha de pasajeros: Ingresó al Instituto Nacional, donde concluyó su carrera de maestro. Durante las vacaciones retornaba a Chiriquí. Una vez se graduó, se estableció en su provincia, donde ejerció como maestro, durante diez años. Fue director de las escuelas de Gualaca y República de Francia, localizada en la capital chiricana.
Como maestro en ejercicio, comenzó a agitarse en los grupos provinciales de los años treinta, como los denominados Caballeros del Barú, a interesarse por su superación, mediante su asistencia a los cursos de veano de la Universidad de Panamá, y a colaborar en periódicos chiricanos de la época y en otros de cobertura nacional. Obtuvo su Licenciatura en Filosofía y Letras con especialización en Educación en nuestra primera casa de estudios. A la par prosiguió con sus colaboraciones en los medios de comunicación social y pasó a laborar como profesor en escuelas secundarias. Por muchos años fue director del Colegio José Dolores Moscote.
En el segundo lustro de la década de los años cuarenta participó en la formación del Sindicato de Periodistas de Panamá, que nació con una gran fuerza y del cual fue su segundo presidente. El Sindicato impulsó los estudios de Periodismo y de comunicación social en el país. La primera asignatura que Luis González dictó (1957) en la Universidad de Panamá se denominó Relaciones Públicas en las Agencias Gubernamentales. En aquel momento ya contaba con una experiencia en esa materia, al haber logrado en las oficinas de comunicación de varias empresas estatales. Posteriormente impartió cursos de Pedagogía. Después de su ejercicio como maestro, se estableció definitivamente en la Ciudad de Panamá. Dedicó su talento y su tiempo al Periodismo, las Relaciones Públicas, la dirección escolar y la cátedra universitaria. Tras la campaña nacionalista de finales de la década de los años cincuenta, se trasladó a España, donde culminó su Doctorado en Pedagogía.
Hombre informado y universal, defendió, siempre y sin complejos, el derecho a la plena soberanía territorial de Panamá, que él definía como ese "extraño y adorable país cuya grandeza consiste en su poder de supervivencia". Sostenía que la educación, la formal y aquella que pueden ofrecer los medios de comunicación social, constituyen instrumentos para preservar nuestra cultura y nuestro ser nacional: "La escuela, campo experimental, caldo de cultivo propicio, debe ser dinámica en todo sentido, particularmente porque informa y la vez forma".
Con visión y creyente en el futuro y en la capacidad y creatividad de sus contemporáneos, respaldó el proyecto de creación de los estudios universitarios de comunicación social, propuso la implantación de la carrera de Relaciones Públicas y Periodismo, y fue gestor de la actual Facultad de Comunicación Social y la Maestría en Comunicación para el Desarrollo.
Ejerció como director de la Escuela de Periodismo y fue vicedecano de la Facultad. Por sus méritos personales, fue condecorado con la Orden Vasco Núñez de Balboa, en el Grado de Gran Comendador, y fue declarado profesor extraordinario por el Consejo Académico de la Universidad de Panamá. Contribuyó con la formación de varias generaciones de comunicadores sociales, que reconocen su liderazgo y su prestigio intelectual y profesional, y lo consideran como su maestro.
El profesor González afirmaba que "las personas compran periódicos todos los días y conectan sus radios y televisores, cuando los tienen, primordialmente para informarse veraz y oportunamente del acontecer de su entorno, con el propósito de ajustar su conducta a esa realidad, en beneficio propio y de los demás. Salta a la vista que si la información que proviene de esos medios no es oportuna, ni veraz, ni completa, la conducta que ella promueva no será favorable al informado y a los suyos, sino que le será perjudicial y redundará solamente en provecho del que alteró, distorsionó, inventó o ignoró la noticia con el sombrío propósito de promover una conducta colectiva superficial para el pueblo, pero útil y provechosa para los dueños de los medios de comunicación social".
A pesar del deterioro moral y la progresiva lumpenización de nuestra y otras sociedades, Luis González, aún a su avanzada edad, era un creyente de la voluntad del hombre para mejorar y perfeccionar su entorno y su bienestar. "Los últimos días de este siglo se caracterizan por una explosión de la inteligencia humana que toma fuerza de sus propias inversiones para lanzarse con mayor audacia por el camino desconocido del futuro. En el mundo entero hay más científicos notables, más artistas famosos, más investigadores y descubridores, más portentos, en fin, de ingenio humano". "Nuestro arte joven es de mucha calidad, y es abundante porque se nutre de la sensibilidad del carácter panameño y por eso sería bueno que los consagrados por la fama, fueran maestros no sólo por ser buenos artistas, sino por un divino deseo de enseñar y difundir. A eso llegaremos, porque el mismo impulso que da el desarrollo a todas las manifestaciones del intelecto humano, logrará aproximar fraternalmente a los artistas de toda la escala, para fortalecer y clarificar el arte panameño cuya definición corresponde a la abundancia y constancia del oficio".
Con humor, señalaba que, al haber sobrepasado el promedio de edad, de 72 años, vivía un sobretiempo,. Un grupo de exalumnos y amigos íbamos a celebrar con él el día de su cumpleaños número 86, el 17 de marzo. Aquejado por dolencias del corazón, mejoró estado de ánimo cuando le informé por teléfono sobre esa iniciativa. Me cuenta su hijo Luis Miguel que nuestro maestro empezó a prepararse para la ocasión. Luis murió en la víspera. El día de su cumpleaños, por el contrario, sus cenizas fueron esparcidas en las aguas del Río Caldera, en las inmediaciones de la entrada a la localidad de Boquete, según él nos había solicitado.