El pasado fue un año, en el sentido más significativo de la idea, pródigo en exposiciones de artistas nacionales o extranjeros radicados en el medio. Algunos de estos artistas con la cuota periódica que ofrecen cada cierto tiempo. Otros, dando testimonio de una osadía comparable, solamente a su falta de talento y a la tozudez del galerista. Otros, y la afirmación introductoria se reduce a su expresión mínima, enfrentándonos a planteamientos sino trascendentes a lo sumo inteligentes: es decir respetando nuestra inteligencia. El elemento cuantitativo, exposiciones para todos los gustos y disgustos, no fue paralelo a la divulgación de las muestras y que entroncaría con el eco encontrado en el público citadino. Nuestros galeristas o regentes de espacio de Arte reiteraron un mal de siempre que en ellos ya ha tomado forma de epidemia: las exposiciones no se divulgan ni se promocionan en el medio de manera insistente. Solamente se informa de ellas sin necesariamente mostrarse interés en el público. La gran mayoría de las veces se mencionan o se divulgan anuncios y nada más. De forma tal que la generalidad del público no sabe ni quién ni dónde expone y solamente conocerían y estarían al tanto de las exposiciones, la misma gente de siempre y los conocedores y coleccionistas habituales y los compradores que son los que iluminan el día a los artistas y los únicos seres humanos que interesarían, posiblemente, a los galeristas. Este inconveniente se da tanto con las muestras de artistas nacionales como con las de los artistas internacionales. O sea que en este postulado como empatan unos y otros, sirios y troyanos en la misma batalla.
A nivel de los unos, los locales y a nivel individual, encontraríamos que las muestras que consideraríamos como las mejores contarían con dos nombres generacionalmente proverbiales, como Alfredo Sinclair (Mateo Sariel) y Guillermo Trujillo (Legacy Fine Arts) así como con varios más cuya obra, inquieta y sugestiva, los presenta desde ya con una personalidad contrapuesta a los anteriores: Braulio Matos y Jack Fallenbaum (Museum), Carlos Rodaniche (Mateo Sariel), Emily Zhukov (ArteConsult), Silfrido Ibarra (Legacy Fine Arts) y Gilberto Quintero, Eduardo Navarro y Rodolfo Justine (Anonimous). Los otros nombres y las otras muestras cubiertas en el medio, y que algunos despistados y algunas malintencionadas bien podrían destacar, desmerecerían en la balanza y al remitirse uno a las de este grupo de estos diez que han privilegiado el pasado año. Eso si la evaluación por encima de su naturaleza subjetiva se apega a valores estrictamente plásticos y no a las querencias, enemistades, afinidades, parentescos familiares y matrimoniales de quien intente levantar la pica para llegar a Flandes a través de un medio de comunicación de masas.
El señalamiento inicial de nombres generacionalmente proverbiales, en el caso de Sinclair (1915) y en el caso de Trujillo (1927), es sitio y lugar común que no escaparía al calificativo de emblemático. Ante la ausencia física de Juan Manuel Cedeño (1914-1997) y de Alberto Dutary (1932-1998)) -volvemos a insistir- ambos sin muestras antológicas y sin reconocimiento por parte de sus pares en el oficio- el círculo de artistas que podríamos asumir como puntos de encuentro en la obra de los creadores más jóvenes y sin temor a ruborizarnos ni avergonzarnos por el señalamiento, se estrecha un tanto y nos contriñe. A nivel local, ambos son identificables y sin que ello implique un mayor esfuerzo puede usted respaldar la idea y detectar a Sinclair o a Trujillo en la obra de artistas más jóvenes como Rooselvelt Díaz (1963) y Brooke Alfaro (1949)y Osvaldo Herrera Graham (1964) y Lisa Prudhoe (1958). Sin embargo, como diría "Bigotín", el personaje de la farsa "Irma, la Douce", ésta es otra historia y como tal la cavilación y la reflexión respectiva queda en este punto.
Tanto la muestra de Sinclair como la de Trujillo, ésta última evidentemente mucho más, adolecen de sorpresas mayores y que en ambos casos esperarían no pocos en nuestro medio. Ambos con testimonios repetitivos de lo que han hecho desde siempre. Es decir enfrentándonos a lo que conocemos. Lo cual es también una apreciación que funcionaría en dirección contraria para otras personas que lo considerarían como acierto mayor: es decir alcanzar una etapa en que ya se ha encontrado un lenguaje pictórico y una identidad visual.
Los trabajos de Trujillo enfatizan el sentido meramente decorativo del color y que es el rasgo peligroso que siempre ha asomado en su obra mientras que los trabajos de Sinclair profundizan un estatismo en la composición de sus formas como si ésta fuera , necesariamente, siempre igual.
Rescatamos, en el caso de Legacy Fine Arts, la línea, el dibujo de Trujillo, siempre preciso, mientras que en el caso de Mateo Sariel, ese acentuado lirismo en el color, aunque ello pudiera entenderse como paradójico y que, sin embargo, se visualizaría mejor si calibramos en Trujillo el marcado colorinche de tonos y pigmentaciones que parecieran empecinarse en un efecto visual y en Sinclair la fragmentación del color al punto que pareciera desaparecer en la composición como tal.