La educación no se genera a través de compartimentos estancos. Se necesitan canales de comunicación y una acción coordinada para que los niños se desarrollen intelectual, emocional y socialmente en las mejores condiciones.
Por ello, la suma del esfuerzo de los dos baluartes de ese proceso, la familia y la escuela, es, según los expertos, el camino a seguir. La sintonía entre los dos ámbitos vitales del niño, además de generar confianza entre padres, madres y profesores, estimulará la idea de que se encuentra en dos espacios diferentes pero complementarios.
Todo ello redundará en un comportamiento adecuado en la calle, la escuela, en el destacamento de pioneros.
Muchos hijos quedan entonces solos y sienten que no son capaces de competir con las deslumbrantes personas con las que sus padres aparentemente prefieren estar.
Esa soledad y envidia estimula la actitud prepotente. Para el niño cuyos padres no poseen un alto ingreso económico, en cambio, las dificultades económicas son vistas como un enemigo familiar común, por lo que el niño se siente unido a sus padres en la lucha, más que ignorado.
Lo que ayuda a los padres a permanecer en el camino correcto es la propia confianza que tienen en las relaciones humanas afectivas.
La confianza de un padre en la bondad de su hijo lo ayudará a superar los muchos momentos difíciles que siempre afectan a toda familia.
La preocupación por los miles de detalles de cada día, la empatía de los padres hacia las necesidades de los hijos, son la base desde donde nacerá la empatía de los hijos hacia otras personas.
Cuando dice sentir lástima por sus compañeros o hermanos.
Cuando dice que las reglas que se aplican al resto no se aplican a él porque es superior.
Cuando adolece de un sentimiento de lealtad o de compromiso hacia el resto.
Cuando es incapaz de empatizar con los sufrimientos y necesidades de quienes lo rodean.