Durante años, Abood mantuvo relaciones de negocios con el gobierno cubano para proveerles de mercancía. Entabló buenas amistades, hasta se enamoró y tuvo un hijo con una originaria de la isla. Jamás imaginó el infierno que le esperaba.
El año pasado, durante varios meses proveyó de artículos a sus clientes, pero el pago se tardaba más de lo esperado. Preguntaba y le daban largas. Le dijo a uno de los funcionarios de alta jerarquía que cómo ya no tenía dinero, porque no le cancelaban la deuda, no podría traerles más mercancía. Ante su insistencia le afirmaron que si no se presentaba personalmente no se le pagaría. Viajó según lo acordado un sábado a la isla caribeña, y el lunes 22 de octubre pasado, al reunirse con sus amigos y clientes de muchos años fue apresado. Los cargos: espionaje, lesiones contra el patrimonio y cohecho.
Según sus acusadores, él compraba información confidencial acerca del gobierno, entregaba mercadería defectuosa o dañada y sobornaba a funcionarios a cambios de favores para su negocio.
Su hijo Alejandro señaló que una fuente bastante creíble les dijo que a su padre lo habían tomado de "chivo expiatorio" para darle un mensaje a todos los empresarios a los que el gobierno les adeuda dinero, para que no vayan a cobrarles. Se estima que la deuda del gobierno cubano a empresarios asciende a cientos de millones de dólares. Sin poder creer lo que le ocurría, Alejandro Abood fue puesto en una celda de Villa Maristas, cuartel general de la Seguridad del Estado en Cuba.
El espacio era reducido, la alimentación deficiente y las salidas al patio se realizaban una vez por mes. Un hombre fornido, deportista y saludable, quien había combatido el asma desde niño, fue quebrantado por el dolor y el aislamiento. Perdió alrededor de setenta libras en poco tiempo, lo que le provocó una hernia estomacal que le llevó a defecar sangre. Las autoridades cubanas lo llevaron a un hospital, donde recibió los cuidados médicos.
Al recuperarse lo pasaron a otra institución carcelaria, ubicada en las afueras de la ciudad. Su salud se resintió grandemente y ahora padece enfisema pulmonará. Durante cinco meses, Abood aseguraba ser inocente, pero la necesidad de ver a su familia y creciente presión psicológica que ejercieron sobre él le obligaron a declararse culpable en una filmación de un video.
Lo amenazaban con no ver más su compañera cubana y madre de su pequeño hijo de dos años. Se declaró culpable el mismo día en que ellos regresaron a Cuba.
Alfredo Castillero Hoyos, director de Política Exterior de la Cancillería, fue a Cuba con una comisión que todavía no ha hecho público su informe de la situación de Abood. Al cónsul cubano en Panamá se le ha prohibido hablar al respecto.
Su familia no pierde las esperanzas y él tampoco. Con su salud y su espíritu quebrantados, el único anhelo de su corazón es la libertad. Sus hijos Alejandro, Miguel, Carolina y el pequeño Tito esperan por él, temen que si pasa más tiempo detenido en sus precarias condiciones de salud pueda morir.
Ya se ha hecho de todo. Su hijo mayor agregó que "allí no vale juez ni abogado que pueda solucionar su caso. Se hará lo que Fidel Castro decida, por lo cual queremos que se pida clemencia al presidente cubano para mi papá, para beneficio de su madre, su hermana y sus hijos". Es un ruego de Día del Padre: ¡Liberen a mi papá!