Los asteroides, que chocan continuamente unos contra otros, y los cometas, que pasan cerca de la Tierra cuando atraviesan el sistema solar, producen una lluvia de partículas sólidas que se precipita sobre nuestro planeta. Gran parte se hunde en los océanos, acumulándose en los sedimentos de las profundidades.
Las partículas provenientes del espacio aumentan el peso del planeta cada vez más y este polvo es suficiente como para dar más de dos gramos de cenizas a cada habitante de la Tierra por año.
Ahora, esta precipitación espacial es más copiosa que nunca, según acaba de descubrir el científico Kenneth Farley, del Instituto Caltech, de California, Estados Unidos, al analizar las muestras extraidas en distintas perforaciones efectuadas en el Océano Pacífico, la masa de agua más grande del planeta.
Las muestras del fondo oceánico analizadas por Farley, en un estudio presentando en la revista científica Nature, abarcan un registro de sedimentos de los últimos 70 millones de años, incluyendo el último periodo que vivieron en nuestro planeta los dinosaurios, que se extinguieron hace 65 millones de años.
VIENTO DEL SOL
El polvo espacial no se ha detectado directamente en los sedimentos marinos, sino que su presencia se desvela a través de los átomos de helio 3 que son emitidos por el Sol en el viento solar: un flujo constante de partículas cargadas que se generan en la corona de la estrella y se propagan por el espacio interplanetario hasta límites aún no precisados.
Los átomos de helio 3 están presentes en la superficie de los asteroides y de los cometas, y llegan hasta el fondo marino terrestre con el polvo que se desprende de aquéllos. La abundancia de esos átomos en los sedimentos analizados por Farley constituye un indicador o registro de la lluvia de polvo espacial sobre la Tierra desde el pasado remoto.
Farley ha tenido en cuenta en su análisis distintos factores, como la tasa de sedimentación y otras posibles causas de la presencia de átomos de helio 3 en los sedimentos marinos, y ha llegado a la conclusión de que el flujo actual de polvo espacial que baña la Tierra es muy elevado, e incluso muy superior al nivel alcanzado hace 70 millones de años.
Según este científico hace 37 y 50 millones de años se produjeron máximos de polvo espacial similares a los de ahora, en un fenómeno cuyas razones todavía se ignoran, aunque se barajan distintas hipótesis para explicarlo.
El máximo nivel de polvo de hace 37 millones de años coincide con un aumento de la incidencia de unos objetos cósmicos parecidos a meteoritos y denominados tectitas, debido quizá a que la Tierra estaba en la trayectoria de una fila de cometas.
El registro marino estudiado por Farley sólo sirve para detectar las partículas microscópicas que se filtran en la atmósfera, ya que los sólidos procedentes del cosmos con un tamaño un poco mayor se incineran al entrar en contacto con el aire y pierden su contenido de helio 3.
La investigación de este experto demuestra que el flujo de polvo espacial se halla sujeto a cambios bruscos y que de la abundancia de helio 3 en los sedimentos oceánicos pueden deducirse muchos acontecimientos de la historia del sistema solar.
Pero el polvo espacial no es la única visita procedente del cosmos que está recibiendo nuestro planeta.
A lo largo y lo ancho de todo el Sistema Solar flotan infinidad de trozos de roca y metal, fragmentos de hielo y nubes de polvo, que los científicos han clasificado en cometas y asteroides (que se aproximan en diverso grado a la Tierra), así como en meteoros y meteoritos, los cuales llegan hasta nuestro mundo.
METEOROS, METEORITOS Y RAYOS
Los cometas son trozos de hielo y roca, residuos del nacimiento del Sistema Solar y giran alrededor del Sol, dejando una cola de polvo y gas cuando se acercan al astro. Los asteroides, en cambio, son fragmentos de roca más pequeños que los planetas, que orbitan el Sol, midiendo desde unos pocos centímetros hasta cientos de kilómetros de diámetro.
Los meteoros o estrellas fugaces, son las estelas de luz que aparecen brevemente en el cielo nocturno y que se producen cuando las partículas de roca y polvo, liberadas por los cometas, arden en la alta atmósfera terrestre, alcanzando velocidades de hasta 70 kilómetros por segundo. Cuando la Tierra cruza la estela de un cometa, el polvo arde en su atmósfera y se produce una lluvia de meteoros.
Los meteoritos son fragmentos rocosos, posiblemente procedentes de los asteroides, que han sobrevivido a su paso a través de la atmósfera terrestre, alcanzando el suelo. Se clasifican en pétreos, ferrosos y pétreo-ferrosos; los más viejos tienen 4.550 millones de años; el más grande descubierto pesa 59 toneladas.
A lo largo de miles de años, algunos asteroides han impactado sobre nuestro planeta, formando cráteres como el de Arizona, EEUU, que tiene 1.200 metros de diámetro y 180 metros de profundidad, o posiblemente causando explosiones como la que en 1908 devastó los bosques de Tunguska, en Siberia.
La Tierra también recibe una continua ducha de rayos cósmicos: fragmentos de átomos (protones y electrones de hidrógeno, oxígeno, carbono o elementos más pesados) que viajan por el espacio a una velocidad cercana a la de la luz y que bombardean nuestro planeta desde todas las direcciones.
Cada segundo llegan a la superficie terrestre unas 200 partículas de rayos cósmicos de baja energía por metro cuadrado, los cuales representan el 10 por ciento de la radiación natural y se supone que provienen de nuestra galaxia o de los astros lejanos en explosión denominados supernovas.
Los rayos cósmicos de baja energía son abundantes, pero los que son millones de veces más energéticos son rarísimos. Estos rayos provendrían de más allá de la Vía Láctea, pero se desconoce su fuente.