Una vez más, se aproxima la Navidad y con ella todo el sofoco y el trajín de planear la cena, comprar aguinaldos, adornos, juguetes, tarjetas, etc... la locura colectiva y contagiosa que anualmente nos agobia.
¿Y EL NIÑO? ¿DONDE ESTA EL NIÑO?
Hace dos mil años, el rey Herodes hizo la misma pregunta a los Reyes Magos, pero éstos, sospechando su intención de mandarlo matar, tuvieron buen cuidado en ocultárselo.
Hoy día, en plena época navideña, la pregunta adquiere actualidad, ya que el Niño sigue oculto, su imagen no aparece por ninguna parte, ya no por temor sino por nuestra inexplicable ingratitud. El bullicio, la carrera contra el reloj, nos quitan la serenidad y el tiempo para meditar en el sentido, el alcance y el gozo espiritual que tiene la Navidad.
Es importante, pues, haber hacer un paréntesis para recordar que Jesús vino a reconciliarnos con Dios Nuestro Padre, después que el primer hombre, cabeza de la humanidad, en ofensivo desafío, quebrantó Su ley y rechazó Su amistad, dándole la espalda a su Creador.
Pero a un hijo se le sigue queriendo aunque sea rebelde; las entrañas de un padre se convergen ante la desgracia del infeliz que, mal aconsejado, desprecia y pierde los bienes de su herencia. Y así Dios, el más padre de todos los padres, que no quiere la perdición del pecador sino que se convierta y viva, le promete un Salvador, en amorosa propuesta de paz y perdón.
Y Cristo Jesús llega al mundo con el mensaje divino, ligado a un mandamiento nuevo: "Amaos los unos a los otros yo Yo os he amado". Por eso celebramos jubilosos la Navidad: porque con el nacimiento de Cristo, Dios cumple Su promesa de salvación, y a una humanidad convulsionada por las guerras, los crímenes, el odio, los vicios, las enfermedades y toda la secuela de los males heredados por el rechazo al Bien Supremo, Jesús le dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".
Aceptemos a Cristo como Señor y Redendor; saquemos al Niño de su escondite y que el nombre de Jesús se anuncie en la alegría de las campanas, en las tarjetas de Navidad, en los pesebres familiares, en los cantos de los niños y e los labios de sus madres, que deben ser más fieles intérpretes del amor.
Y porque Su nacimiento es la razón lógica de esta celebración, pongamos en orden las prioridades: Jesús es el Dueño y Señor de la fiesta y todo lo demás es accesorio e intrascendente.
Lo primero, primero. "Gloria a Dios en las alturas y e la tierra paz a los hombres de buena voluntad".