A medida que los matrimonios envejecen, los hombres parecen tornarse más sentimentales cuando hablan de su relación, mientras que las mujeres se vuelven más reticentes.
Así lo reveló un estudio, publicado Communication Quarterly, en donde los hombres mayores se tornaron más sensibles a las emociones, incluso derramaron sus lágrimas cuando hablaban de sus relaciones. Las mujeres, sin embargo, fueron generalmente evasivas y algunas veces cortantes.
Los hombres en el estudio se mostraron más sentimentales, amables y deseosos de compartir su historia matrimonial que sus esposas, según los investigadores de la Universidad de Denver.
"Los hombres estaban encantados de contar su historia. Estaban dispuestos a mostrar una amplia gama de emociones en términos de alegría y tristeza", dijo Fran Dickson, profesora asociada de comunicaciones y coautor del estudio.
Dickson y su colega, Kandi Walker, entrevistaron a 20 parejas en Denver, de 60 años y mayores, que sólo habían estado casadas una vez. Como promedio, llevaban 42 años de matrimonio.
Las esposas fueron, por lo general, las que cuidaron de los hijos, mientras que los hombres trabajaron y mantuvieron el hogar.
Esa incapacidad para encontrar una forma de vida digna afecta la autoestima masculina y puede llevar a los hombres a recurrir a la violencia contra mujeres y niños, advierte el libro.
Otro de los peligros es que decidan participar en grupos pandilleros o sucumban a la tentación del narcotráfico, en un intento por ganar dinero rápido que les permita obtener reconocimiento social.
Ese tipo de situaciones se observan, según Correia, en las grandes áreas urbanas de Latinoamérica, donde hay muchos hombres jóvenes marginados económicamente.
Según el libro, los hombres latinoamericanos se ven a sí mismos como los principales proveedores de la familia y, a menudo, como una figura que impone disciplina. Ese rol sería, según el estudio, similar al de los hombres en las familias patriarcales.
Los autores del libro dicen que solucionar el problema es complicado, ya que hay muchas variables en juego, pero insiste en que el primer paso es reconocer que el problema existe.
La educación juega también un papel clave, al ser esa la vía para socializar a niños y niñas, apunta Correia, quien dice que cambiar la imagen existente sobre el rol del hombre llevará tiempo.
"El papel de la mujer tampoco se cambió de un día a otro", recuerda la autora de "La otra mitad del género", quien anima a cuestionar conceptos establecidos como el de que debe de ser la madre la que se ocupe de criar a los hijos.
El impulsar cambios que permitan al hombre sobrellevar mejor la carga de la masculinidad no será fácil, dice el libro, sobre todo en los países en desarrollo, donde existen unas normas muy rígidas de conducta social.
Concebimos la identidad masculina (al igual que la femenina) corno un proceso de relación entre la persona y su entorno social y cultural, es decir que los hombres (y las mujeres) cuando nacemos no lo hacernos sabiendo que significa serlo, sino que es a partir de su interacción con el entorno cuando lo aprendernos.