Hay dos grandes virtudes en la película Ángeles y Demonios: una, la fidelidad con la que el director, Ron Howard, se ajustó al libro de Dan Brown. Dos, la calidad actoral del elenco.
Tom Hanks, quien por primera vez aceptó repetir un personaje en secuela, el profesor de simbología religiosa Robert Langdon, estuvo genial, intenso como siempre. El director Ron Howard supo captar la fuerza de sus ojos y sus expresiones faciales.
Pero Hanks no fue el único. Tres actores europeos, Armin Mueller-Stahl, de Alemania, (quien hace de cardenal y Gran Elector en el cónclave para escoger al nuevo Papa); Stellan Skarsgard, sueco, (comandante de la Guardia Suiza, a cargo de la seguridad personal del Sumo Pontífice); y Pierfrancesco Favino, italiano (hace de jefe de la policía vaticana, que cuida la Ciudad Santa) impregnan la cinta de suspenso, pasión y encanto marcial. La calidad dramática de estos tres actores, sumados a Hanks, salvaron la cinta.
En cambio, la coprotagonista, Ayelet Zurer, israelí (que hace el papel de la científica italiana Vittoria Vetra, mancuerna de Hanks en la carga de la trama) se quedó rezagada, mucho por decisión de la dirección de la película que siempre la dejaba un paso atrás. En el libro, el personaje es más proactivo y está más en la línea frontal.
Ewan McGregor, escocés, quien hace el papel del camarlengo o secretario privado del Papa difunto, y a la sazón el antihéroe de la película, no lo hizo mal, pero tampoco fue nada extraordinario. Su actuación fue lineal, sin mayores variantes ni aportes. En el libro ese personaje es más rico.
Cinta tibia.
Ron Howard lo hizo mejor esta vez. Ocurrió lo contrario que con el Código Da Vinci, que era un libro ágil y fluido mientras la película resultó lenta, aburrida y melodramática. Ahora, de un libro engorroso y cacofónico, sacó una cinta digerible. Dan Brown debe darle las gracias.
Eso sí, abusó del recurso digital, tal vez por la dificultad de no poder filmar en el Vaticano y algunas de las capillas citadas en el libro, como Santa Maria del Popolo y Santa Maria della Vittoria. Howard recurrió a los escenarios montados por computadora, y eso le quitó atmósfera a la producción. En otros casos, debió hacerlo con réplicas logradas luego que su equipo tomó fotografías y videos como si fueran turistas comunes y corrientes paseando en la capilla Sixtina y otros lugares “prohibidos” por la Santa Sede.
Aunque sí se filmaron escenas en Roma, la acción tuvo que fingirse con excesivos movimientos de cámara y fondo sonoro, pues se nota que no hubo despliegue real. El intento valió la pena, y el espectador distraído puede que no note el asunto.
La fotografía es digna de Ron Howard, y aunque no fue mucha la exigencia en cuanto a vestuario, el diseñador logró darle verosimilitud.
El diseño de producción debe darse por satisfecho, pero no logrará nominaciones esta vez. La película, en una escala del uno al cinco, logró un desesperado dos.