Variedades

Los niños al teléfono


El teléfono fijo y, en los últimos años, el celular, se han convertido en objetos familiares indispensables. Aparte de su utilidad como medio de comunicación y por el hecho de formar parte de la familia, algunas veces son ofrecidos a los niños como forma de calmar un berrinche, de entretenerles o para que nos dejen, por ejemplo, cenar en paz. Además, siempre resulta simpático observar cómo nuestro pequeño escucha atentamente la voz de su abuelita al otro lado del teléfono. ¡Te reconoció, estaba sonriendo!, diremos después a la abuela con orgullo.
Pero para los niños, el teléfono no sólo es apasionante porque a través de él sale la voz de los seres queridos, sino además porque no es exactamente un juguete. Es "algo" importante y muy interesante, porque pertenece al mundo de los mayores. Y los mayores, ajenos al peligro que el aparato puede significar, insistimos una y otra vez en ofrecérselo a los niños como entretenimiento. "Si te portas bien, llamamos a papá" o "cuando dejes de llorar, llamaremos a la abuelita Aida".
Lo peor es cuando las madres nos obligan a mantener conversaciones absurdas y muchas veces indefinidas con sus hijos, a quienes a lo mejor ni siquiera hemos visto en los últimos seis meses. A veces, por culpa de la propia madre, a quien le hace gracia que su pequeño nos cuente una historia del colegio.
Otras veces es, sin embargo, porque, ya perdida la batalla, los padres no pueden evitar una pataleta descomunal en caso de que su hijo no hable por el dichoso teléfono... Por otro lado, la gracia de que nuestros niños se acostumbren a utilizar el teléfono como medio de paz y tregua puede salirnos cara. Tengo una amiga que al volver de un fin de semana observó el teléfono descolgado y emitiendo extraños sonidos. Cuando llegó la factura comprobó con horror que su pequeño jugando con los botones había conseguido marcar algún número de Japón.

El teléfono debería ser un objeto mucho más respetado de lo que es, pues a través de él se escucha a otras personas. Cuando permitimos que nuestros hijos hablen a nuestro interlocutor sin su autorización, estamos faltándole al respeto.
Y todos merecemos que se respete nuestro tiempo, nuestro estado de ánimo (pues puede ser que llamemos a una amiga precisamente por estar tristes o angustiados) y, ¿por qué no?, el uso de nuestro dinero, ya que las tarifas telefónicas no son precisamente baratas.
Deberíamos hacer un esfuerzo desde que los niños son pequeños para no habituarles al abuso de estos aparatos y no permitirles que descuelguen para hablar sin control cada vez que alguien llama a nuestra casa.
(phconxeptos@starmedia.com)


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América