Algunos van sin zapatos y otros en pantalones cortos: los estudiantes e investigadores de MediaLab en el Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT), en el noreste de Estados Unidos, inventan, nada más ni nada menos, que objetos para el futuro.
En su edificio diseñado por el arquitecto Ieoh Ming Pei, el Media Laboratory agrupa 400 científicos que tienen un privilegio incomparable: poner a punto todos los proyectos, inventar, intuir, descubrir y explorar a su gusto las "tecnologías que permiten a los hombres y las máquinas aprender y comunicar".
Fundando en 1985 por su actual director, Nicholas Negroponte, y por Jerome Wiesner, ex consejero científico del presidente John F.Kennedy, el MediaLab tiene a la vez la apariencia de una caverna de un Ali Baba futurista, de un taller de artesanos del siglo 21, de laboratorio de investigación para los informáticos del mañana y de antesala de la revolución numérica.
Su presupuesto anual fijado en 35 millones de dólares, es facilitado en 95% por 170 empresas privadas, que tienen a cambio el derecho de utilizar todo lo que nace del MediaLab.
"Estudiamos lo que pensamos que debemos estudiar y proponemos a nuestros auspiciadores venir a ver", explica con una sonrisa de satisfacción Alexandra Kahn, encargada de las relaciones con los contribuyentes.
Todos los días ingenieros de Motorola se cruzan con diseñadores de Lego o con expertos de mercadeo de NEC (telefonía e informática). Los proyectos están publicados en el sitio Internet (www.media.mit.edu) ya que el Medialab permanece abierto a los visitantes profesionales.
Las salas de investigación, separadas por paredes de vidrio, son lugares llenos de pantallas (se pueden contar más computadoras que humanos), prototipos diversos, máquinas que parecen de mentira, instrumentos de música retorcidos, ensamblajes sorprendentes, teclados, todo enlazado por una red de fibras ópticas (experimental, por supuesto) de ultra velocidad.
De esa amalgama tecnológica -en la cual, asegura un estudiante finlandés, "el único límite es el tiempo"- han salido ya aplicaciones concretas. Los captores de bolsas de aire modernos, capaces de diferenciar entre un pasajero adulto y un niño o los ladrillos Lego programables por ordenadores, inventados por los estudiantes, que querían darle nuevas funciones.
El 90% de los proyectos son realizados en el instituto, gracias a un taller cuyos equipos harían palidecer de envidia a cualquier otro de alta tecnología.
Y una vez por semana, un técnico dicta un curso llamado: "Cómo construir lo que sea", como unos violines llenos de electrodos: es el proyecto de "Stradivarius digital" para dar artificialmente a un violín lambda la misma sonoridad que una pieza construida por el maestro de Cremona.
Para definir el ordenador del futuro, todas las vías, incluso las más alucinadas, son probadas. Las señales pueden ser almacenadas en la piel humana, la electricidad del cuerpo utilizada, las partículas de microprocesadores incluidas en una tinta especial que, extendida sobre una hoja, crea ordenadores a menos de diez dólares cada uno.
"Poco a poco, el precio de las computadoras bajará a cero", asegura Walter Bender, director del programa "Información del futuro". En algunas semanas, los trabajos de ampliación del MediaLab comenzarán con un costo total de 100 millones de dólares y en otoño, un laboratorio similar será abierto en Dublin.