Son mujeres profesionales, inteligentes y dedicadas, que se debaten a diario entre el sentimiento de culpa que les produce no estar todo el tiempo con sus hijos y su vida laboral, que, a su juicio, les proveerá de bases económicas sólidas con las cuales asegurar su futuro.
Las historias son muchas, unas graciosas, otras enternecedoras. Ellas, como pueden, supervisando por teléfono y las más vanguardistas por cámaras web, tratan de que esos momentos valiosos de la existencia de sus retoños no pasen sin que se den cuenta. A ellas mis respetos, admiración y oraciones para que tengan éxitos en su sagrada misión. Créanme, sé por lo que están pasando.
Un día Victoria amaneció tan enferma que tuvo que quedarse en casa, su hija mayor se fue a la escuela y la pequeña se quedó en su rutina diaria de ver televisión y jugar. Al medio día, cuando ya se sentía mejor, se levantó y se dio un baño, cuando su hijita la vio gritó feliz: "¡Mami, estás aquí!" Ella le dio el resto del día libre a la muchacha.
Al regresar su hija mayor, Vicky, quien usaba un traje con estampado floral se dispuso a abrir la puerta para recibirla. No la había abierto por completo, cuando su niña exclamó: "¡Mami!" Asombrada preguntó cómo sabia que era ella, a lo que su hija le respondió que había visto las ramas de su vestido. Sus dos niñas bailaban, gritaban y reían de felicidad por pasar el día junto a su madre.
A Victoria se le partió el alma y les explicó que de mil amores se quedaría todos los días con ellas, pero que tenía que trabajar. "Trato de pensar que lo que hago es por su bienestar, para su educación. No estoy todo el tiempo que quisiera, pero el que estoy es de calidad, por eso disfruto al máximo los weekends", indicó.
Alicia trabajó desde muy joven, al convertirse en madre, las guarderías se hicieron sus amigas. Tempranito se levantaba, agarraba a su pequeñita aún soñolienta y la dejaba en el colorido recinto. La imagen que la acompañaba todo el día era la de su nena, quien agarraba los barrotes de la rejilla de metal como una pequeña prisionera mientras silenciosamente las lágrimas bajaban por su carita infantil. Los primeros días, esta joven madre ni siquiera tenía el valor de mirar hacia atrás, intentaba contener su propio llanto. Hoy, treinta años después, vive lo que no pudo con sus nietecitos, con la diferencia de que ellos son tres y se comportan como "verdaderos engendros del mal".
Ella siempre se duerme primero que ellos, tocan todo lo que ven a su paso y tienen una extraña relación con el perro de la casa: le tiran todo lo que encuentran, pero, al rato, sacan bocados del plato de la mascota. "Mis hijos nunca me dieron esta clase de problema", afirma Alicia con la mano sobre la sien .
Martha y su hija de trece años son como amigas, van de compras juntas, salen a comer fuera a menudo, son compañeras de cine, se dicen sus confidencias, se consultan sus problemas; por lo que no fue raro que Paola le diera a su mamá la noticia: "Mamá, te voy a decir algo pero no quiero que me vayas a decir nada, ando con Pablo". "¿Desde cuándo?", preguntó Martha tratando de conservar la calma. "¿Te acuerdas el miércoles que él vino a la casa? Desde ese día". La expresión facial de Martha era normal, mientras su espíritu salía de su cuerpo para apretarle el cuello a la precoz chiquilla.
Desde ese día acabó su paz, Pablo tenía 17 años y pensar en los adolescentes con las hormonas alborotadas, no la dejaba tranquila. El niño era juicioso, pero uno nunca sabe. Cuando su hija le decía que el "novio" iba para la casa, ella procuraba que siempre un adulto estuviera en casa, o si no se mandaba corriendo desde su trabajo para llegar primero que su "yerno".
Allí no acababa la cosa, Martha, acostumbrada a dormir siempre temprano, tenía que estar "ojo avisor" durante las visitas nocturnas. Viajes a la cocina por un vaso de agua, una orinadita por aquí, la búsqueda de un libro por allá, siempre echando una mirada disimulada al sofá de la sala. Al día siguiente llegaba molida al trabajo, la habían desvelado.
Su rostro volvió a estar fresco y radiante, gracias a que su hija rompió con el novio, dizque porque no se veían y porque ya el saldría del colegio. La normalidad volvió a su vida, al menos por ahora.
Alex buscaba desesperadamente el olor a podrido por toda la casa, era el ratón que la había atormentado por semanas y el precio que pagaba por vivir en una casa rodeada de extensas áreas verdes. Sus hijos, de cinco y seis años, la ayudaban en la búsqueda; miraron debajo de las camas, en los armarios, detrás de cada mueble en la lavandería y nada, no había pistas del cadáver.
Ya para ese entonces los niños estaban emocionadísimos y a la expectativa. Con mirada suspicaz y viendo la oportunidad de convertir la faena en algo divertido para ellos, Alex dramatizó sus gestos y les pedía sugerencias del posible lugar donde se descomponía el cuerpo del animal.
Ella miró hacia el techo, buscó su escalera metálica y cuando movió una hoja del cielo falso, ¡voilá! Allí estaba. Los niños apretaron sus fosas nasales con los dedos y sugirieron botarlo el inodoro. Pero después de varios "flushes" no bajaba el robusto y peludo cuerpo del rumiante. Alex tomó un cubeta llena de agua y la vació en el sanitario y por fin se fue. De inmediato Dieguito exclamó: "¡Hurra mamá, eres la mejor!" Ella sonreía triunfante, a la vez que sacudía pelusas imaginarias de sus hombros.
Al día siguiente su cuñada llamó a su oficina para decirle lo animado que había estado Diego relatando la historia a la maestra y a sus compañeritos del kinder. "¡Cielos!, esa mujer va a pensar que mi casa es una ratonera", se lamentaba Alex.