“La mentira tiene alas y vuela, la verdad la sigue arrastrándose" Cervantes
No soy un creyente, paradójicamante soy un devorador insaciable, vicioso, de cuentos y mentiras. Desde las Mil y una noches, hasta la Asamblea, me lo trago todo. Mi norma es: si me mientes, allá tú y tu mentira, yo te creo; siempre y cuando no sea para pedirme prestado. Así reacciono con las religiones. No creo en un dios con el cual no me puedo comunicar (Alguna vez lo intenté con el señor Tiempo, con la señora Espacio y con su hija, la Fuerza de Gravedad y nada). No rezo, ni maldigo, y menos discuto con los hombres sus creencias. Como con las ideas, respeto tu fe, y tu libertad de creer en lo para mí incomprensible. Déjame hacer equilibrio sobre el filo de mi duda.
Antes, mucho antes de mi enredado agnostismo, cuando todavía era inocente (aunque ya me masturbaba), yo creía. Me fascinaban los relatos de la Biblia. ¡Diablos! ¿cómo no creer que las trompetas pueden producir tantos decibeles que derribarían los muros de una Jericó desmelenada; y que un general, trabando la rotación de la tierra, detendría la caída del sol para exterminar a sus enemigos? Siempre estuve del lado de Esaú, cazador intrépido y gustador de sopa de lentejas, a quien su hermano Jacob y su desequilibrada madre le birlan la primogenitura engañando al cegato Isaac. Ah, ese Jacob, buen cocinero, hijo zurcido en las faldas de su madre, que al principio me dio mala espina (tenía toda la pinta de ser gay), se faja después con un ángel y, en vez de una corona, lo dejan ver la escalera al cielo. Entonces lo acepté. ¿Cómo no admirar a los hermanos Macabeos, luchadores por la libertad de su pueblo? ¿Y qué de Sansón, perdiendo su blonda cabellera con las tijeras escondidas entre los muslos de Dalila? Sí, la religión me convenció de niño. Su poética fantasía, es buena para el alma. Ya grandulón, me afeito las patillas por los versos del Cantar de los cantares, derroche de la mejor sabiduría de Salomón: «¿Quién es esta que se alza como aurora, hermosa cual la luna, espléndida como el sol, terrible como escuadrones ordenados?» Y aún hoy, viejuco, consigo el perdón de Mili tras alguna trastada al llevarle una rosa y un soplo del Cantar: «¡Qué hermosa eres, qué hechicera, qué deliciosa, amada mía! / Esbelto es tu talle como la palmera y son tus senos sus racimos».