Lorena tiene 29 años y mantiene, desde hace cinco, una relación con un hombre casado de 42, llamado Carlos. Lo conoció cuando trabajaba en una agencia de viajes y él llegó para hacer una cotización de un paradisiaco destino, pues quería sorprender a su pareja con una segunda luna de miel. Cumplían 10 años de relación.
Al verlo sintió mariposas en el estómago y él quedó impresionado con sus ojos claros y expresivos que conjugaban a la perfección con su cabello castaño. Decepcionada quedó al enterarse de que era un hombre comprometido; sin embargo, el simple hecho de recordar la imagen de ese hombre la hacía sentir inquieta.

A los pocos días, surgió una invitación a almorzar, la que Lorena no aceptó porque sabía que no era correcto.
Sucumbe a la conquista

Carlos, ante la negativa, optó por un plan B: un gran ramo de rosas que iba acompañado por una cariñosa dedicatoria. Tal detalle despertó en la fémina interés y alegría, ya que jamás había recibido un obsequio igual.
No cabe duda de que él deseaba conquistarla. Y ella sucumbió ante una segunda invitación: cenar en un lujoso restaurante local.
Se encontraron y aquella velada fue disfrutada plenamente. Las copas de vino iban y venían junto a anécdotas personales sobre sus trabajos, experiencias con los amigos, en fin, todo aspecto definía una conversación que sostenían amenamente.
La afinidad fue tal que intercambiaron celulares.
Pasaron los días... Las llamadas y las salidas se hacían más frecuentes hasta que pasó lo que temía: Lorena estaba decidida a que solamente sería una noche de placer y aventuras.
Sin embargo, Carlos fue conquistándola con sus detalles auténticos. Ella sin percatarse empezó a enamorarse. Llegó el punto en que lo presentaba ante sus amistades, visitaban sin temor lugares muy concurridos hasta se escapaban los fines de semana.
Todo en el mundo de Lorena giraba en torno a él. Era evidente que estaba feliz, pero sufría cada vez que su enamorado debía ir a su casa, pues obviamente debía cumplir con su principal prioridad: su esposa. Además le entristecía el no poder presentar, ante su familia, a Carlos como el hombre que le robaba el sueño.
Ella estaba consciente de que debía alejarse de esa relación, pues era una combinación de felicidad y desesperación, porque su tiempo sentimental era limitado.
Varias veces le terminó. Él la llamaba sin descanso, pero Lorena no le contestaba ni los mensajes de en las redes sociales. Al final, todo era infructuoso porque al poco tiempo, su voluntad la traicionaba y regresaba con su “corazón” (sobrenombre que le asignó a su amor imposible).
chatRelación que lastima
La anterior historia es frecuente en nuestra sociedad. “Para la amante esta es una relación incompleta y disfuncional. No es nada saludable. Yo lo vería más como un estancamiento porque no va a pasar de cierto nivel”, destaca Tahira de Aronátegui, psicóloga y terapeuta familiar.
A nivel de salud mental esta situación no es un estilo de vida porque el recorrido de la vida matrimonial es largo y cada cual tiene sus características, sus satisfacciones, sus crisis y ella (querida) la vive de una forma diferente, mucho más complicada y traumática”.
Asegura que la infidelidad no es considerada por los terapeutas como un diagnóstico de pareja, “es un síntoma de que existe alguna carencia en la relación. Es uno de los motivos más tratados en el consultorio”.
La mujer que experimenta este tipo de relaciones, según la especialista, tiene cierto nivel de autoestima baja “porque el compartir un hombre es sinónimo de que no se quieren a sí mismas y tengan la certeza de que se merecen algo mejor”.
Entre los 20 y 30 años es el rango de edad en que más se identifica este fenómeno, así lo confirma Tahira de Atonátegui, ya que es cuando una mujer desea estabilizar una relación sentimental. Lastimosamente el hombre que ella encuentra para este propósito ya está casado.
La voluntad y la decisión que le imprima la amante para terminar con esta relación disfuncional son los requisitos principales, pero esto tiene que ir de la mano con una ayuda profesional cuando el problema se sale de las manos. “Debe identificar qué aspectos la ligan a esa persona (hombre), identificarlos para luego entenderlos y resolverlos”.
Al llegar a este punto, la dama tendrá la potestad de exigirle al individuo que defina su relación o simplemente lo dejará, más que nada por su propia salud emocional.