Mentir es un acto natural del ser humano, y quien diga que nunca lo ha hecho, está, en efecto, mintiendo. ¿A qué se debe entonces nuestra predisposición a decir mentiras?
De acuerdo con el psicólogo Fabio Bethancourt, empezamos a mentir cuando descubrimos que diciendo o mostrando algo que es falso conseguimos alguna gratificación que no podríamos tener si dijéramos la verdad.
Ese descubrimiento lo hacemos muy temprano en nuestra vida. El niño menor de 5 años tiene muchas fantasías, pero, poco a poco, aprende a distinguir lo que es real y lo que no.
Conscientemente, el pequeño empieza a usar sus fantasías para tapar una realidad, diciendo cosas que no han pasado o que son imposibles que pasen. "El monstruo se comió las galletas", dirá un infante tratando de evitar un castigo.
"Difícilmente una persona dice mentiras de la noche a la mañana. El desarrollo de la mentira se da en la infancia y sigue a lo largo de su vida".
Esta es la descripción de la mentira que todos decimos. Las que alguna que otra vez nos sacan de apuros o evitan que defraudemos a los demás. ¿Pero qué pasa cuándo las mentiras se nos van de las manos?
Quizás usted se haya cruzado en el camino con alguien que dice tener experiencia laboral en todos los campos, que ha viajado a todos los continentes o que es amigo personal de una celebridad. Usted celebra esas mentiras, bromea con ellas, sin saber que ese conocido podría estar sufriendo algún trastorno.
Como todo, la mentira también tiene un límite. Según Bethancourt, cuando mentir se convierte en una manera de resolver problemas significativos o de enfrentar la vida, el mentiroso podría estar sufriendo trastornos psicológicos o de personalidad.
"La mentira es por excelencia una herramienta del comportamiento antisocial, porque significa romper las normas y las reglas de la sociedad". El individuo entonces justifica sus actuaciones mediante la mentira.
En casos más graves, una persona podría llegar a creerse tanto la mentira de modo que se generaría un delirio, que no es más que una idea extraña, una creencia exagerada, una gran mentira. De allí, surgen ideas obsesivas que hacen que las personas requieran terapia.
El psicólogo nos dio algunas recomendaciones que podrían ayudarnos a vivir sin tantas mentiras. Bethancourt considera que es muy importante atacar la mentira cuando empieza a aparecer.
Los padres deben enseñar a los niños, con palabras y con el ejemplo, cuáles son las consecuencias de decir una mentira y cómo puede dañar a otros. En esa etapa se debe penalizar la mentira, y que una vez dicha, se pidan disculpas a las personas afectadas.
En la etapa adulta, se puede usar terapia para modificar la forma de pensar de quien dice la mentira. Se deben encontrar las razones y una vez se sepan, se trata de cambiar esa creencia que lo llevó a mentir.
Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía. Anaxágoras.
El castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad. Aristóteles.
Calumniad con audacia: algo siempre quedará. Francis Bacon.
A una colectividad se la engaña siempre mejor que a un hombre. Pío Baroja.
No está mal una buena mentira cuando defendemos con ella una buena verdad. Jacinto Benavente
Nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de las elecciones. Otto von Bismarck.