El artista peruano Moico Yaker presenta una muestra pictórica de óleo sobre lienzo denominada "Acto de Fe", en la Galería Arteconsult, hasta el 30 de abril.
Al respecto, en el programa de mano, Gustavo Buntinx señala que "Acto de Fe" es un apelativo siniestramente piadoso bajo el que miles de mujeres y hombres fueron entregados al escarnio y la ignominia pública por el Tribunal del Santo Oficio en la Lima virreinal, la tan celebrada y tres veces coronada ciudad jardín, Villa de los Reyes.
Treintisiete de esas personas rindieron el espectáculo obsceno de su ejecución en aquellos rituales de expiación inquisitorial. Pero muchos otros fueron quemados en efigie, cuando la fuga o la muerte los liberaba de los tormentos. El poder de las imágenes.
Un poder punitivo al que Moico Yaker opone el poder redentor de la pintura ofrecida como reparación simbólica. En el sentido figurado, pero también el literal: la recuperación de un orden distinto de la significación, manifiesto hasta en la referencialidad femenina del juego de mantillas que ahora ocupa en sus lienzos el lugar que en otros momentos le fuera reservado a las sugerentes figuras del velo y de la cortina.
El velo y su función fetichista de ir "delineando y sin embargo encubriendo la castración de las mujeres", al decir de Elizabeth Grosz. Tal vez algo aún más acentuado podría señalarse sobre la mantilla, pues lo que se re-vela en ella, lo que ella encubre y al mismo tiempo delínea, está no sólo detrás de su presencia interpuesta, sino en los dibujos entrelazados en supropia materialidad textil. En la tensión y el contraste entre lo que su abierta trama configura y lo que trasluce.
Lo que configura y lo que trasluce es también el contrapunto de la historia oficial y sus alternativas encubiertas, las muchas historias que reprime o engalana, dejando sin embargo entrever una verdad oculta. No necesariamente una "realidad" (si es que eso existe), sino lo que el psicoanálisis llamaría la revelación del sujeto en su verdad, la realización de la verdad del sujeto. Verdad subjetiva pero no por ello menos histórica. Como la que un pintor judío y peruano de nuestros tiempos encuentra en la gesta colonial de los judíos conversos, los llamados cristianos nuevos, fugados a un Nuevo Mundo que sin embargo prolonga sobre ellos las intolerancias del Viejo.
Los cuadros de Yaker parecieran decirnos por momentos la verdad reprimida del Perú, la del sacrificio irredento, la de la crisis sacrificial (René Girard) suscitada por el trastocamiento de un orden mítico que sin embargo no logra ser reemplazado por un orden nuevo, una legalidad plena de legitimidad simbólica.
El Perú, como una Gran Mediación frustrada, una sociedad dislocada de tiempos yuxtapuestos sobre cuya accidentada superficie irrumpen restos míticos inconexos y dispersos. Como los cadáveres desmembrados de los desaparecidos, emergiendo intermitentemente entre los páramos de la ciudad y del campo. O como cuando en estos cuadros el matador es Bolívar con una imaginada banda presidencial, y otra vez el dominico se acerca con la jarra de vino propiciando los rituales vanamente sangrientos. Todo ellos bajo un cortinado de cabezas decapitadas y mantillas en las que tres soles radiantes articulan la teogonía heliocéntrica de los incas con la emblemática integradora de la alquimia. La mediación utópica, pero necesaria.