Mujeres como pájaros, modelos con bustos metálicos al mejor estilo de Paco Rabanne, vestidos de tirantes transparentes, enormes escotes, pero también muy discretos, bordados de ensueño y estampados de mariposas nocturnas, llenaron el desfile Givenchy para el verano 2000, creado por Alexander McQueen.
Todo comenzó como en un extraño cuento: servida con delicadeza por un mayordomo de cierta edad, una joven con el torso desnudo despierta y se prepara para iniciar un nuevo día.
El escenario creado por Givenchy en el Studio de Boulogne, en las afueras de París, recuerda lejanamente a un austero castillo medieval.
El criado trae con él un viejo baúl de viaje, del que extrae una camisa de organza transparente gris caviar, que abotona cuidadosamente antes de enlazar sobre ella una especie de corbata larguísima del mismo tejido, que se cruza en el pecho y también en la espalda.
Siguen los pantalones también gris caviar, anchos de caída, pero muy ajustados en las caderas, y la americana, corta, cruzada con cuatro botones, que deja escapar, a modo de cola, el lazo resultante de la corbata.
Los zapatos serán de tacón altísimo y darán la nota de color: rojo sangre. Esta será una de las constantes del desfile.
La mayor parte de los modelos presentados serán grises, caviar, blancos, marfil o plateados. Tonos muy claros y conjuntos monocromáticos o Príncipe de Gales, a los que a veces se unirán el negro y el marrón.
Los bordados de plumas darán a la prenda elegida una textura que nada tendrá que envidiar al pájaro original.
El modelo alado más espectacular fue un traje de chaqueta blanco y gris, de falda "evasé".
Las transparencias serán de todo tipo. La más espectacular, quizá, vino de un escotado vestido transparente con motivos florales bordados de azabache y dos grandes flores en relieve a un lado de las caderas y sobre uno de los hombros.
De las mangas y el escote caía un delicado fleco de piedras negras. Hubo faldas y pantalones a placer. En general, las rodillas se ocultarán.
La línea "evasé", a veces con pliegues en las caderas, estuvo muy presente, al igual que los pantalones, más bien anchos, y que en ocasiones tomarán la forma de un mono elegantísimo o lucirán un talle muy alto, como el de un bailarín de flamenco.
En el verano del 2000, esos pantalones se llevarán con boleros bordados que dejarán una parte de la espalda al descubierto.
Los abrigos dorados podrán ser rectos, cortos, muy clásicos. Con un sólo botón. Dominar ese clasicismo de elegancia suprema, como lo haría el mismísimo Yves Saint Laurent, permite a McQueen el lujo de entregarse igualmente a las fantasías más insospechadas.
Prueba de ello fue ese vestido transparente con el que desnudó el torso prácticamente por completo, delante gracias a un ligero tul color carne, y detrás por medio de un escote que descubre por completo la espalda. La falda, adornada con motivos negros y rojos, será entonces muy amplia.
A su manera, el modista británico rindió también homenaje a Rabanne y a su arte metálico, con puntillas "mecánicas" con las que fabricó espectaculares vestidos princesa plateados y ese busto de metal rodeado en espiral por una hilera de grandes rosas de plata, que se llevará con pantalones negros.
Por su parte, Gaultier, una de los nuevos nombres de la alta costura francesa, triunfó también en París con una colección de inspiración oriental, con turbantes y colores canela, azafrán y curry, mangas drapeadas, túnicas y trajes de chaqueta con forma de "saris".