La psicóloga María Victoria Valencia, especialista en niños autistas, nos explica que para los padres es muy difícil darse cuenta de que sus hijos son diferentes. Saben que hay algo extraño, pero creen que va a cambiar o mejorar a medida que el niño crece, entonces no buscan la ayuda necesaria a tiempo. La Sociedad Americana de Autismo o Autism Society of America (ASA) define el padecimiento como una discapacidad severa y crónica del desarrollo, que aparece normalmente durante los tres primeros años de vida. Su incidencia es mayor en niños que en niñas. Los síntomas incluyen:
Perturbaciones en la rapidez de aparición de las habilidades físicas, sociales y de lenguaje.
Respuesta anormal a sensaciones. Cualquier combinación de los sentidos y sus respuestas están afectados: visión, oído, tacto, dolor, equilibrio, olfato, gusto y el modo en que el niño maneja su cuerpo.
El habla y el lenguaje no aparecen o retrasan su aparición a pesar de que existan capacidades intelectuales evidentes.
Relación anormal con personas, objetos o acontecimientos.
Hay niños quienes son muy buenos en el área cognitiva o de aprendizaje, con tarjetas y siguiendo instrucciones, pero no tienen buen pronóstico de lenguaje; o por el contrario, los hay que tienen buen pronóstico de lenguaje, pero tienen su área cognitiva afectada.
Apraccia es un trastorno del lenguaje en el que se carece de la capacidad de pronunciar, decir o nombrar aquello en lo que se está pensando. El niño siempre responderá algo, pero totalmente incoherente con la conversación. Algunos autistas pueden padecerlo.
Como el autismo es un trastorno general de desarrollo que afecta la motricidad, lenguaje, el aspecto afectivo, la interacción con otras personas y el desenvolvimiento del niño, se requiere de un equipo multidisciplinario para tratarlo.
Los psicólogos se encargan de modificar la conducta y de establecer el aprendizaje en las áreas cognitivas, conductual, afectiva y social. Los fonoaudiólogos y terapeutas del lenguaje se dedican a desarrollar la comunicación oral; los terapeutas físicos trabajan la parte motriz. De lo académico se encarga una tutora.
Valencia recomienda que el paciente autista reciba como mínimo 30 horas semanales de terapia, unas 6 horas diarias de lunes a viernes. Las sesiones de trabajo de 15 a 20 minutos se alternan con períodos de juego de 5 minutos para que los pequeños se sientan motivados por todo el trabajo que están haciendo. Durante este tiempo reciben terapia del lenguaje y terapia física, entre otras cosas.
En nuestro país existe una ley de inclusión que permite que los niños especiales estudien en colegios regulares, pero se les debe adecuar el curriculum según sus habilidades. Por ejemplo: si un niño no puede hablar, se le enseña todo por medio de tarjetas.
María Victoria trabaja con niños que saben leer, pero que no pueden hablar. Ellos identifican los objetos y arman palabras uniendo tarjetas de sílabas.
Utiliza PECS (Pictures Exchange Communication System) que es el sistema de tarjetas que se emplea con quienes no tienen un buen pronóstico vocal. A los niños autistas se les enseña comandos receptivos, como: ¡Levántate!, ¡Aplaude!, ¡Sopla!, etc. Estos les ayudan a organizarse y a seguir instrucciones.
Valencia señala que a estos niños hay que darles estructuras, porque tienen su mente muy desorganizada. Al principio la enseñanza es mecanizada y robotizada, según el Condicionamiento Operante de Squinner, del condicionamiento clásico de estímulo- respuesta- consecuencia.
Estímulo es lo que se le pide (¡párate!), la respuesta es lo que hace el niño y la consecuencia es un refuerzo positivo o halago (un aplauso o ¡Bien hecho!). El refuerzo es muy importante para ellos, porque perciben que no hacen nada bien y que los demás están descontentos con ellos porque todo lo hacen mal. Además de los elogios, se utilizan como refuerzo un bocadillo, un juguete o su película favorita.
"Los padres se llenan de ansiedad porque su objetivo máximo es que sus niños hablen. Nosotros les decimos que no es tan importante el lenguaje oral, sino que puedan tener una vida funcional ", concluyó Valencia.
Para mayor información sobre autismo puede llamar a la Asociación Panameña de Padres y Amigos de Autistas al 264-5333 o a la psicóloga María Victoria Valencia al 277-6729. “Tener un hijo o hija con autismo es un sacrificio muy grande”, nos confesó una madre a quien llamaremos María. Su niño, quien ahora tiene 6 años, nació perfecto. Se sentó y paró como cualquiera. Sin embargo, cuando estaba por cumplir los dos años notaron que hacía muchas pataletas y que siempre bajaba la mirada.
Al principio, ella y su esposo pensaron que se trataba de sordera. Eliminada esta posibilidad, decidieron consultar a una terapeuta del lenguaje, quien notó que algo andaba mal.
Fueron con varios médicos y todos le decían que no había de qué preocuparse. Buscando en Internet María decidió ir a Estados Unidos, donde se diagnosticó a su hijo con autismo. Su primera reacción fue ¿Por qué me pasó esto a mí?
Para ella fue muy duro saber que su primogénito varón estaba enfermo, se decía a sí misma que todos estaban equivocados y que no tenía nada malo que su hijo caminara de un lado a otro constantemente.
Afortunadamente, lejos de separarlos como pareja, el problema unió más a María y a su esposo. Pelean y su carga emocional y económica es muy fuerte, pero ver todo lo que ha progresado su hijo es muy gratificante. La madre nos cuenta con satisfacción que hoy, luego de tres años de tratamiento, su hijo habla y lee inglés y español y asiste a una escuela regular.
Lo que más le cuesta al pequeño es socializar con los demás. En casa su comportamiento es como el de cualquier niño de su edad. Sin embargo, le gustan los “talks show”, ama los libros y su VHS es sagrado, nadie más que él lo puede tocar. “Le fascina pelear, pero estamos tratando de quitárselo”, añadió.