Desde los primeros tiempos, a través de la historia, culturas y generaciones, a título personal o en el seno de las diversas congregaciones religiosas-cristianas, se ha rendido culto a la figura inigualable de ese Padre Celestial, fuente de amor, comprensión, humildad, misericordia y perdón, que nos dio vida en abundancia y nos entregó las normas a seguir para lograr la paz y felicidad deseada por todos.
Sus mandatos con respecto a la potestad del hombre para ser "cabeza de familia" e impartir disciplina y educación a sus descendientes, se ve palpable a través de diversos pasajes de la Sagradas Escrituras, donde encontramos también enseñanzas y se otorga autoridad a los padres sobre sus hijos con una brillantez y claridad insuperable en el Libro de Los Proverbios.
Sin embargo, en nuestra cultura y medio social, al tenor del tiempo, esa imagen irremplazable del Padre como fue visualizada por nuestro Creador, ha sido distorsionada y vemos cómo en las diferentes ocasiones que son propicias, resaltamos, por sus méritos, la figura materna, en muchas ocasiones en menoscabo de un padre comprometido y responsable.
En la actualidad se presenta con bastante frecuencia en muchos núcleos familiares la figura desvirtuada de un padre, que en muchas ocasiones se percibe con el limitado rol de proveedor material, obviando el papel que tiene mayor significado y valor para sus hijos que es el de compañero, amigo, confidente, guiador, aquel que está siempre presto a escuchar y orientar en el momento que se le requiera a expensas de sus condiciones físicas, preocupaciones, necesidades, intereses personales y profesionales, así como por las limitaciones de tiempo que le dificultan poder llevar con éxito todas las tareas que le corresponden realizar.
En muchas ocasiones hay gran divergencia entre lo que el progenitor entiende como un padre ideal y lo que sus hijos identifican con este calificativo por lo que esperan de él.
Es grato, por ello, escuchar con orgullo y admiración a niños, jóvenes y adultos expresarse de su padre haciendo alusión al amor, afecto que les profesa, el que es justo al impartir disciplina y al que se recuerda con emoción por aquel paseo o experiencia que compartieron en plena y franca camaradería, el observar a su padre compartir en familia obligaciones y quehaceres domésticos, el gesto desprendido de pasar noches en vela ante su situación precaria de salud, el darle tiempo significativo (no en duración sino en calidad), donde él se convierte como hijo, en el centro único de su atención y donde es aceptado y querido, no por lo que su padre desearía que fuera, sino por lo que él es.
Es aquel padre que siempre está presente, accesible y dispuesto a dar respuestas certeras a todas y cada una de las inquietudes y problemas que sus hijos confrontan en cada etapa o momento de su vida, al que logra ser verdadero modelo e imagen significativa.
Cuántas veces nos vemos abocados a escuchar testimonios de padres que se consideran satisfechos y autorrealizados con su rol, y cuántas otras vemos a esos hijos reclamar la presencia de un verdadero padre, ya que éste considera que con satisfacer las necesidades primarias o básicas de sus hijos (casa, alimentación, vestido, salud, etc.) se dan por satisfechos en cuanto a sus deberes cumplidos. Sin embargo, aquellas manifestaciones que dan seguridad, estabilidad emocional, una estructura de personalidad sana y equilibrada a sus hijos, muchas veces dentro de esta sociedad machista, escapan a ser manifestadas en nuestros hogares, conllevando a los hijos a ser huérfanos afectivos de un verdadero padre.
La presencia física del progenitor en el hogar no basta para suplir todo lo que como tal debe proporcionar. Debe ser esa figura que nos llena de orgullo, que deseamos imitar por su rectitud y "don de gente" que sabe reír y llorar con nosotros, que es justo y practica la equidad, que expresa sin reservas, (independiente de nuestro sexo) manifestaciones genuinas de afecto (abrazos, besos, sonrisas, palmaditas en el hombro, una palabra de apoyo, etc.), por ese espíritu entusiasta, generoso, optimista y jovial que lo caracteriza (incluso frente a las adversidades), el que es capaz de reconocer en su justa medida los papeles que le son propios a cada miembro de su familia, el que puede adoptar una actitud que permite la acción participativa de todos en las decisiones familiares; el que se caracteriza por sus manifestaciones y acciones de respeto por la dignidad y lucha por la conservación de la integridad física y moral de quienes identifica como sus seres amados.
Quien ha internalizado una verdadera imagen paterna y es congruente con ella; es capaz de bajarse al nivel en que se encuentra el hijo que lo requiera para, con palabras sabias, genuinas, no rebuscadas, ni con intención de impresionar, infundir temor o miedo, pueda ganarse la confianza necesaria que lo llevará a un acercamiento franco y sincero, porque no transmite censura, sino comprensión y aceptación, utilizando de la mejor manera el arma poderosa de la verdadera comunicación.
Padres, no vaciléis en impartir consejos y disciplina a vuestros hijos (ellos te valorarán por ello), pues una posición firme y convincente impactará positivamente a aquellos que necesitan tanto de ti en vez de una actitud intransigente que despierta temor, miedo, resentimientos y desconfianza.
Cuando se establecen límites en común, no por imposición, capricho o lucha por el poder, estamos brindando la llave que mueve corazones: "el respeto". En un medio donde impera el respeto no tienen cabida las manifestaciones de malcriadez, terquedad, rebeldía ni consentimiento con actitudes permisivas que en ocasiones se confunden con manifestaciones de amor y que van en detrimento del crecimiento personal y autorrealización de quienes tenemos el sagrado mandato de guiar y formar convirtiéndose en conductas que los hijos asumen como recurso para llamar la atención, por quienes parecieran ser ignorados.
No se conviertan en muletas de sus hijos ni los hagan inválidos funcionales. Sean realistas, reconociéndolos y aceptándolos con sus virtudes y defectos para que de esta manera puedan decir con orgullo: Yo tengo el papá que deseo y es especial, ya que se ha ganado con sus acciones y ejemplos, el respeto, admiración y gratitud que estamos llamados a profesarle por sus esfuerzos dedicación y habernos dado la vida en el seno de una familia.
Por todo esto: "gracias papá".