Abundaban los porqué en su mente. El dolor caló hondo. Mordía. Inmisericorde.
Ella quería recuperar el tiempo perdido. Imprecaba: "¿Por qué? ¿Por qué le tuvo que suceder a ella? A Sally ¿Por qué no a mí? Era tan inocente. No tenía cuentas que saldar. Sólo era ternura, risas, ocurrencias, juego, sueños. Ahora, es un ángel".
Comprendió que luchar contra los designios de Dios es una batalla perdida.
Cuestionarlo es posible. Es humano. Es comprensible.
Lo hizo tantas veces, en que se estrujaba las manos, en que lloraba hasta agotarse, en que gritaba de dolor. Casi aullaba como loba herida de muerte. Sin eco.
Así fueron los primeros días. Un torbellino de emociones la envolvió.
Sucumbió al dolor. Un dolor que el tiempo ha amortizado, pero que está allí, latente, que aguijonea, que la acompañará como una sombra toda la vida. El que ama no olvida.
Las penas se han aliviado. Ahora, le es posible explicar cómo aferrarse a sus creencias religiosas le ayudó a salir de esa agonía. A superar esos días de sufrimiento. A aceptar la pérdida. A ver con ojos de esperanza la vida. A abrir el cerrojo de su corazón a nuevas oportunidades de crecimiento.
A sus 27 años, no le fue fácil salir de ese abismo negro donde se había lanzado por decisión propia al rehusarse a vivir después de que perdió a su única hija. La dulce Sally. De cuya compañía le fue privada por una mala hora.
"Quizás", se decía entonces, "si yo no hubiese dejado la puerta de la terraza abierta no se habría caído en la piscina"; "Tal vez, si Petronila hubiese estado pendiente de ella se habría dado cuenta de que se bajó de la cuna".
Se culpó y se encerró en sí misma. Quiso acabar con su vida. Fallido intento que le dejó un sabor amargo y marcas en las muñecas. Cicatrices, como las de su alma, imborrables.
¿Por qué se mueren los niños? ¿Por qué la gente buena e inocente?
Suerte final, destino sabido con antelación, desde que se nace. Está escrito. Fecha, lugar y circunstancias. Eso es lo que no sabemos. Todo eso le consta, porque es lo que aprendió leyendo La Biblia. Pero, ¡qué difícil aceptarlo! Su fe le ayudó a transitar por esas difíciles avenidas del dolor y desesperanza.
El de Marieta, quien hoy vive con su esposo Jeremy y sus mellizos Patty y Jerry, no es un caso aislado.
Nos hizo querer indagar de qué manera la espiritualidad sirve de soporte en momentos difíciles. Cuando hay duelo, específicamente.
Correr el telón que dio, otra vez, paso a la luz, a la esperanza en su vida le fue posible cuando desarrolló empatía y se puso en el lugar de la Virgen María cuando Jesucristo murió en la cruz.
Recordó que si Él, Jesús, que es "el camino y la vida", aseguró que los que en él creyeran tendrían vida eterna, lo que correspondía a ella como buena cristiana es dejar de cuestionar al cielo, dejar de culparse y dar cabida a la aceptación, a la resignación, segura de que su nena está en las mejores manos. Las de Dios.
Celeste González, psicóloga, colaboradora de la Fundación Piero Rafael Martínez De La Hoz ha notado que a quienes han desarrollado su dimensión espiritual les es menos difícil pasar el proceso del duelo. Tienen otra actitud ante las pérdidas. Entienden que somos más que cuerpo. Que hay una esencia, un espíritu. Que hay una vida más allá del mundo material. Que ese ser querido que murió, que cerró los ojos a la vida física está en otra dimensión, como espíritu.
Además, se percatan de que esa persona especial sigue viviendo en el recuerdo nuestro a través de su legado, porque imprimió su huella. Hay recuerdos, vivencias compartidas.
Y se es capaz de retomar la vida, de reír, cantar, alimentar sueños, sin que eso implique enterrar al muerto en el olvido. Vive en el recuerdo y su ausencia física da tristeza, pero una tristeza acompañada de esperanza.
Comprender eso los ayuda a procesar la pérdida.
Cuando hay duelo, concluye la psicóloga, "hay un caminar en el desierto. Las creencias espirituales, la filosofía de vida de cada uno le ayudan a transitar por el duelo más fácilmente. A comprender que después de todo, sí tiene sentido la vida. Que ambas, vida y muerte son como las caras de una moneda.
Al darle el sí a la muerte, se da otra oportunidad de elevarse de entre las cenizas, como el Ave Fénix. De abrir los ojos a nuevas auroras.