Giselle Muschett tiene cinco años como ornitóloga. Pasar hasta más de un mes en un campamento en plena selva, sin luz, agua ni teléfono, comiendo principalmente comida enlatada, es parte de su trabajo de campo. Lo disfruta.
"Me siento privilegiada, he podido observar especies de aves endémicas, como el Barbado cocora, sólo hay en Panamá y Costa Rica. En Chiriquí he visto quetzales hasta marearme", comenta.
Es parte del equipo de la Asociación Nacional para la Conservación de la Naturaleza (ANCON), que incluye un botánico, una herpetóloga (anfibios y reptiles) y una geógrafa. Giselle nos cuenta sobre la vida en el campamento.
Las giras lo menos que duran es una semana. Van equipados con tiendas de campañas, hamacas, bolsas para dormir y muchas latas de tuna. Y siempre andan en grupo, la seguridad es clave.
A las 4:30 a.m. desayunan. Las aves están activas desde las 6:00 a.m. hora de abrir las redes que se colocaron cerradas la noche anterior y las cuales se revisan cada 30 o 45 minutos. Las aves que quedan atrapadas hay que sacarlas, pesarlas y medirlas. Se les coloca marcas en las patas o punta del ala y luego se las libera. Si ya tiene marcas se liberan de inmediato, al igual que los colibríes y otras pequeñas.
Luego, como a las 3:00 p.m. se camina de regreso a un punto central donde está el resto del equipo y los formularios de campo, para anotar y consultar con ellos o con el libro de aves. Y, terminado el trabajo, se come algo. Después se conversa y a dormir, no hay TV ni Internet.
Si usted cree que puede pasárselo un mes comiendo tuna y otra comida enlatada, lejos de la civilización, ama la naturaleza, tiene buena vista, buen oído y mucha paciencia, entonces quizás pueda ser ornitólogo/a.
Pasión por las aves
Vale la pena pasar horas cerca de un nido en espera de que un ave regrese a ver sus crías, para tomar una foto y descubrir más sobre su mundo mágico.