China te vuelve loco, me dijo un amigo para el cual la locura tiene una connotación positiva. Y sí, tenía razón. Vengo llegando de Nanjing, la capital de la provincia sureña de Jiangsu, y tengo la feliz sensación de haber estado en otro mundo.
Además de periodismo, la curiosidad me llevó a estudiar acupuntura. Precisamente, viajé a Nanjing a hacer una práctica de dos semanas en el Hospital de Medicina Tradicional China (MTC) de esa ciudad, en el sureste del país.
En Occidente, la acupuntura es vista como una terapia alternativa. La gente que llega a ella suele hacerlo después de haber agotado todos los recursos de la medicina tradicional y muchas veces no le tiene demasiada fe.
Por eso y por miedo al dolor, en nuestras sociedades se utilizan agujas muy delgadas, de las que se inserta un número razonable pero mínimo y con extremo cuidado, evitando las zonas más sensibles, como el rostro. En China vi otra cosa. Allá la acupuntura no es moda, sino tradición. Allá sí que pinchan de verdad.
En el hospital de MTC de Nanjing lo primero que llama la atención es el fuerte olor a moxa que inunda el aire. La moxibustión es una técnica para proveer calor a través de la quema de hierbas comprimidas, que en China es recomendada para cualquier enfermedad relacionada con el frío. Pero en Occidente se utiliza muy poco. No por desprecio, sino porque el humo que genera es tan abundante que puede activar las alarmas contra incendios que abundan en nuestros edificios. Y porque huele a marihuana.
Yo y dos de mis ocho compañeros pasábamos el día en una de las cinco salas de acupuntura del tercer piso del hospital. Pero había muchas más. Este sector era exclusivo para el tratamiento de parálisis facial (que en China es un mal extrañamente común), dolores de espalda y cabeza, y problemas de la vista. Mientras estuve ahí, vi a médicos chinos tratando a cientos de pacientes. No estoy exagerando. Cada cuarto tenía cinco camas y estaban siempre llenas.
La demanda era tal que muchas veces los enfermos recibían acupuntura en los pasillos y se paseaban por ellos con 10 o 20 agujas en la cara. Como si nada, de lo más natural.
Algunos pacientes nos tenían miedo y se negaban a que los tocáramos. Otros, en cambio, se entregaban a nuestro aprendizaje con extrema generosidad y cuando terminaba la sesión nos decían en un inglés bastante precario: "Muchas gracias, doctora extranjera".